706. UN SUEÑO A LA FUNERALA
SERGIO PAREDES SÁNCHEZ | Wilfredo Botarate

Las cosas no marchaban por el camino correcto; necesitaba salir del agujero que se estaban convirtiendo los cuarenta y algún metros cuadrados llenos de mugre de aquello que llamaba casa. Respirar un poco de aire fresco fuera de las cuatro paredes que le aprisionaban y le hacían sentir que todo cambio sería trepidante.
Luís, camarero de profesión desde el día en que su padre un indiano divorciado con una iguana disecada y sombrero de panamá de ala corta, le ofreció pelar yucas en la parte trasera de una monovolumen de segunda mano. Un pionero de las «food trucks» o simplemente un buscavidas con más morro que vergüenza desde que regresó de la Habana con menos dinero del que marchó. Ahora todo había cambiado, Luís tenía cincuenta años y su progresión había mermado como la espuma de una cerveza crepuscular. Su sueño de vestir el sombrero de copa comprado con su primer sueldo quedaba relegado al fondo del ropero. Camarero a sueldo desde hace más de cuarenta años en el mismo antro; un lugar plagado de moscas en el embutido y alguna que otra cucaracha que servía para dar un toque especial al cocido. Días iguales que habían acabado con su ambición de llegar a chef de reconocido prestigio. Harto ya de estar harto de servir cafés para derramarlos sobre la permanente de señoras ataviadas con mantones de manila y alguna que otra boa de plumón, decidió seguir los consejos de su padre que, echando la vista atrás, tan poco efectivos le resultaron a él. A fin de cuentas, seguir tarde los consejos de un padre emprendedor no es moco de pavo, por lo que aquella mañana estaba dispuesto a perseguir su sueño.
Desde primera hora de la mañana, pensó que sería una gran idea el jugar con la comida para sorprender a los clientes en su búsqueda de lo ordinario. A Manolo el de los ultramarinos le sirvió los churros en una cazuela con el tomate del bacalao del día anterior y después le dio un tortazo, buscando así generar sensaciones encontradas. A Gumersinda, señora solterona y presunta hija del párroco, la agasajó con un café mezclado con zumo de piña y cuatro barritas de merluza después de meterla un dedo en el ojo. El carajillo mañanero de Antonio el Mazapán lo mezclo con «Bitter Kas» y un tirón de los pelos del bigote; algo que por el gesto de su cara notó que no le sentó del todo bien. A la hora de las comidas, Luís ya con un ojo a la funerala recibió la carta de despido. Al parecer los clientes no habían sabido apreciar su obra maestra, quizás sus aburridos paladares no estaban a la altura de tal concepción o puede que se le fuera la mano con el picante en el café.
Al día siguiente, las sensaciones fueron diferentes, seguiría los consejos de su padre que a su juicio tan bien le habían funcionado, esta vez, desde la cola del paro con su sombrero de copa reluciente.