UN TATUAJE PARA RECORDAR
Dante Ferrel Fernández | DYLAN CRUZ

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Entré al estudio de tatuajes con el corazón en la boca y el estómago revuelto. ¿Por qué había accedido a hacer esto? Ah, sí, por el amor. Mi novia, con su sonrisa encantadora y su pedido adorable de inmortalizar nuestro amor en mi piel. Pero la idea de una aguja perforando mi piel me hacía temblar como una hoja en pleno vendaval.

El tatuador, un tipo grande y con un aspecto intimidante, me miró con una mezcla de diversión y compasión. «Tranquilo, amigo, será rápido y apenas dolerá», dijo con una sonrisa que no me convenció en absoluto.

Tragué saliva con dificultad y me senté en la silla, sintiendo cómo mis piernas temblaban como gelatina. Mi mente comenzó a divagar, imaginando todo tipo de escenarios horribles. ¿Y si me desmayaba? ¿Y si me dolía tanto que salía corriendo del estudio? Tenía que ser valiente.

Mi novia estaba esperando fuera, ansiosa por ver el resultado final. Cerré los ojos y traté de recordar por qué había accedido a todo esto. Ah, sí, el amor. Debía mantener ese pensamiento en mi mente. Voy a demostrarle de lo que soy capaz.

El tatuador comenzó a preparar sus herramientas, y el sonido de la máquina resonó en mis oídos como un tambor de guerra. Traté de mantener la calma, recordándome a mí mismo que valía la pena por el amor verdadero. El sudor empezó a invadir mi frente y mis manos, no podía controlarlos.

Cuando la aguja finalmente tocó mi piel, solté un grito que habría hecho huir a cualquier animal en un radio de kilómetros. El tatuador me miró con incredulidad, pero siguió trabajando con profesionalismo mientras yo me retorcía en la silla como un gusano en un anzuelo.

Me desperté de golpe, con el corazón aun palpitando desbocado en mi pecho. Miré a mi alrededor, confundido, tratando de entender dónde estaba. Luego, recordé: mi habitación, mi cama, mi teléfono móvil emitiendo su molesto sonido de alarma.

Respiré aliviado, dándome cuenta de que había sido solo una pesadilla. Una muy vívida y aterradora, pero una pesadilla al fin y al cabo. Me pasé la mano por la frente, tratando de calmar los latidos frenéticos de mi corazón, cuando el teléfono volvió a sonar.

«¿Ahora qué?», murmuré, alcanzando el teléfono con mano temblorosa. Un mensaje parpadeaba en la pantalla, y mi estómago se retorció al leerlo: «Le recordamos que hoy tiene una cita para su tatuaje».