748. UN TÍO VIVO
Héctor López Camus | Lanitep

Pedro repasó en su cabeza por última vez todo el procedimiento. Mientras se ajustaba la soga al cuello, el ventilador de techo empezó a girar y sus pies abandonaron la banqueta.

Intentó hablar, pero la cuerda oprimía cosa mala. Cuando se apuntó a esos cursos de nigromancia en septiembre, nadie le comentó las complicaciones que tendrían determinadas formas de invocación.

Justo en el momento en que más cerca parecía de ahogarse y, sin dejar de girar, consiguió pronunciar la palabra que abría el portal.

—¡Lanitep!

De pronto todo se tornó borroso. La cuerda se rompió y Pedro cayó al suelo.

Al recobrar la conciencia, la vio. Qué guapa estaba. Sintió el nudo en la garganta más fuerte que antes.

—¡Hombre, Pedro! No esperaba que fueras tú —dijo ella.

La cosa podría haber comenzado mejor.

—¿No me has echado de menos? —contestó Pedro.
—¿Para preguntarme eso me has traído de vuelta?
—Yo que sé, me lo han pedido en clase.
—Tres años criando malvas. Tres años sin vernos… ¿y me preguntas eso? Pues menuda mierda.
—Quiero ser médium. Estoy hasta los huevos del banco.

Ella observó fríamente la estampa. Un hombre bajito, tirado en el suelo con un traje barato arrugado y doble corbata: la una de Emidio Tucci y la otra de esparto.

—¿Y esto es lo que os enseñan en clase? —dijo señalándolo con ambas manos.
—Sí, Academias Odamae. Está enfrente de un instituto. Los críos se descojonan de nosotros.
—No me extraña. Habrá que veros —contestó ella cruzándose de brazos, impaciente.
—Hombre……
—No sé, Pedro. Con lo que hemos sido, ¿no tienes curiosidad por saber cómo me ha ido este tiempo en el Más Allá? Sabes que ha venido Jaime hace poco, ¿no?
—Eso, ella siempre tiene que sacar a Jaime en todas las conversaciones, las de viva y las de muerta también —dijo Pedro alzando la voz.
—Y venga, y dale. Pues tú me dirás de lo que quieres hablar.
—Es que a ti nunca te vale nada, encima que eres a la primera que invoco. ¿Eso no significa nada?

Pedro había vuelto a bajar el tono y se sacó del bolsillo de la americana el papelito donde tenía escrita la pregunta que debía contestar el espíritu a invocar y se lo tendió.

—Pero si a ti esto te da igual, ni siquiera crees en ello —dijo ella.
—Yo siempre he sido muy bien mandado, ya lo sabes. Si hay deberes, hay que hacerlos.
—Bueno, mira. Vamos a desenchufar esto que me está dando cosilla.
—Pero algo tendré que llevar a clase.

Poniendo la mano en su hombro, sentenció:

—Mira Pedro, no dejes el banco.

Pedro desenchufó el el ventilador y las vueltas de este comenzaron a ser cada vez más lentas. Levantó su mirada y la miró por última vez.

—Cristina…
—Dime.
—¿Por qué me pusiste los cuernos?

Cristina suspiró y giró sobre sus talones sin responder a la mirada de Pedro.

—No te olvides de cerrar esto —fueron sus últimas palabras.

Pedro se quedó solo. Otra vez.

Miró su reloj. Quedaban dos horas para que comenzase su turno en el banco. Mejor comenzar a prepararse.