1120. UN TRABAJO DE «MIERDA»
Francisco Javier Ciré García | Senderista

Hacia tanto tiempo que no trabajaba que no podía creer que aquella noche iba a empezar mi trabajo cómo encargado de almacén en una mega obra de tuneleria.
Me preparé un bocata de atún ( cuanto tiempo llevaba aquella lata en mi despensa, la impresión de la fecha estaba ilegible)
A las 20’00 horas ya estaba en mi nuevo curro. Arturo, el almacenero del turno de día, iba a explicarme el funcionamiento del almacén y mi cometido.
De hecho, mi faena iba a ser más la de un vigilante sin porra que cualquier otra cosa, puesto que de noche solo se realizaban trabajos de mantenimiento en el túnel y había el personal justo y necesario.
Te has traído algo para leer? Me preguntó Arturo. Aquí no hay cobertura y con el móvil poca distracción te dará. Cómo mucho te molestarán dos o tres veces durante la noche. Una herramienta, algo de vestuario, un latiguillo…
La noche se presentaba larga.
Y allí estaba yo, enfundado en un buzo amarillo con el logo de la constructora, botas de seguridad y un casco blanco de un plástico de risa, para un por si acaso; en aquella nave de aluminio y uralita en medio de la nada y de una atenazan- te oscuridad a 600 metros de la boca del túnel.
Tras dos horas de nada, el ruido de unos desconocidos pasos, hicieron que me asomara a la noche. La luz de la linterna del móvil me descubrió a una mamá jabalí y sus tres jabatos. Cerré la puerta con llave y a seguir.
Aquí no viene nadie, y una pajita? Me pareció una buena idea.
El timbre me pilló con la mano llena de lefa y sin el pañuelo previsor. La parte trasera de mi buzo me hizo el apaño. Menos mal que el operario llevaba guantes y no notó aquella pegajosa gota blanquecina que lucía en el mango del martillo que acababa de entregarle.
Debería haber optado por el paté. El atún, definitivamente caducado, hizo un efecto radical en mis intestinos. Me cagaba irremediablemente.
En la oscuridad del bosque, bajé mi buzo hasta los cuádriceps atando las mangas por delante. Me dejé ir entre espasmos y sonidos intestinales. Putas prisas! Ni papel ni hostias. Cuatro hierbas me mal limpiaron y arañaron mi culo.
Me subí el buzo y… Zas! Noté cómo asquerosamente se humedecían mis huevos y nalgas. Palpé y si! El buzo había hecho bolsa, me había cagado dentro.
Solo ya con las botas y el casco me dispuse a regresar al almacén sin encontrarme a nadie, pero me encontré: unos ojos brillaban en la oscuridad, a unos 10 metros de mi y ha un metro y poco del suelo. Trozo de jabalí cabreado.
A las 7’00 horas, Arturo y el resto del personal me encontraron subido en un pino, maloliente, muerto de frio y en pelotas. Eso si, con el casco y las botas, por si un caso.