Un verano
Claudia Valeria Fusillo | Val Dina

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La casa olía a azahar, limón y basura. Rompía la inmovilidad del mediodía solo el ruido, a lo lejos, de una radio. Las ventanas abiertas dejaban entrar el calor denso de la ciudad. Daniel estaba de vacaciones, tenía once años y el pelo demasiado corto. Era más de gatos que de perros, y nunca había volado en avión. Su madre le había pedido por favor ducharse y quitarse el bañador que llevaba puesto desde hace casi una semana.



Daniel se aburría.



Entró a cotillear en la habitación de su hermano mayor, al final del largo pasillo. El suelo de terrazo blanco y rojo estaba, como siempre, lleno de cromos de futbolistas desordenados. Todos estaban fotografiados de la misma manera, sin arte, de frente, delante de un fondo azul cielo que no era el cielo. Tenían en común la mirada seria y determinada de quien en la vida se considera un ganador.



Pero él, atraído como por un imán muy grande, se fijó solamente en un hombre. El futbolista, de un equipo que no conocía, tenía la nariz y las mejillas enrojecidas por el sol y cara de haber estado en la playa. La boca era grande, bonita, los labios finos y cerrados. Su pelo rubio y despeinado, no era ni corto ni largo. Pero lo que destacaba eran los ojos de un azul tan claro que era casi transparente. Daniel no conocía muchas palabras complicadas, pero intuía que su mirada era algo más que triste. Tristeza podía ser lo que sentías cuando te veías al espejo después de que tu madre te había rapado el pelo al cero. Esos ojos parecían contener a la vez todas las tristezas y todas las certezas del mundo.



Cuando se acordó de respirar, sus muslos habían empezado a moverse. Bajó y se arrodilló en el suelo frio, cogió el futbolista y se lo acercó a la nariz. Le sorprendió descubrir que olía a papel sin más, como un cuaderno. Se quedó mirándole un rato así, de cerca. Luego, le chupó la cara, de primeras, con vergüenza, rápidamente. Pero cogía confianza con cada lametazo, disfrutando de esa cara como si fuera un polo de fresa.



Después, en su habitación invadida por el calor, Daniel cerró con llave, se quitó el bañador y se miró al espejo desnudo. Se vio más grande. Se metió el futbolista en la boca y empezó a masticarlo. Sentía muchas cosas. Y las emociones se iban apilando una encima de otra como los platos sucios de la cena que nunca recogía. Había, es verdad, algo de ese placer secreto que encontraba en su cama sin hacer. Pero era mucho más que eso, una sensación de plenitud, que decidió llamar felicidad, aunque era también mucho más que la felicidad.