219. UN VERDADERO ADIVINO
Carlos Andrés Fabbri Campos | Primitivo

Un hombre apellidado Rodríguez llegó a una ciudad donde nunca había estado antes en busca de un famoso adivino, ya que le apesadumbraba su futuro. A decir verdad siempre se había considerado un tipo de mala suerte y lo inquietaba la idea que la vida le continuara por los mismos fatales derroteros de siempre. En esa gran urbe nadie conocía al tal Rodríguez, ni siquiera su madre, quien por cierto allí no vivía. Tampoco nadie sabía ni le importaba saber para qué diablos había ido a esa ciudad, porque Rodríguez, como nos sucede a la mayoría de los mortales, es un ser absolutamente anónimo para las masas. No es un actor famoso, ni un millonario futbolista, ni un youtuber, ni mucho menos un instagramer. Vamos, nada que se le parezca o asemeje. El señor Rodríguez es un ser común y corriente. Anodino e insignificante.
Mientras caminaba a su destino recordó su frustrante experiencia anterior en busca de un adivino. Porque si había algo que obsesionaba al señor Rodríguez, era que lo recibiera un verdadero adivino para ver si podía augurarle un futuro al menos benevolente. En una no muy lejana oportunidad, que rememora contrariado, tras golpear la puerta y preguntar: “¿Es aquí lo del adivino?”, una voz temblorosa desde el interior le respondió que sí, que creía que sí y tras cartón le preguntaba: “¿Quién es?”. Y el señor Rodríguez se marchaba frustrado preguntándose qué clase de adivino era aquel individuo que ignoraba quien estaba del otro lado de la puerta.
Ahora no tenía ni quería fallar. Estaba ilusionado el pobre infeliz señor Rodríguez, con su ridículo bigotito él. Por fin llegó al domicilio que le indicara muy amablemente un caballero gordo que comía un perrito caliente con kétchup y mostaza detrás del mostrador de la Oficina de Turismo de aquella hermosa ciudad donde nunca había estado antes. Observó que el portal era una puerta rústica, de gruesa madera marrón, carente de mirilla y de cualquier mínima ranura que permitiera ver de adentro hacia afuera y viceversa. Junto a la puerta en cuestión, clavado sobre una pared de ladrillos a la vista, un letrero indicaba que efectivamente allí atendía un adivino. Parece que era muy famoso el fulano este, y que su nombre ya era renombre y había traspasado fronteras. Por ello es que el tal señor Rodríguez una vez que alguien le habló de su existencia, no dudó ni un instante en comprar un billete de avión y marchar en busca del encumbrado personaje.
Ubiquémonos ahora en el momento culmine de esta breve crónica: Debajo de la placa hay un timbre eléctrico que el señor Rodríguez presiona con la punta de su dedo índice, una sola vez, temblorosa la uña sobre la yema del dedo, tembloroso el dedo también y la yema y la clara. Al rato se escucha una voz firme, decidida, convincente, varonil, que desde adentro de la vivienda dice a modo de orden como si fuera un gerente general:
“Adelante señor Rodríguez, lo estaba esperando”.