1019. UN VIAJE DE IDA
Héctor Camus | Lanitep

Necesito ir al servicio y me duele la cabeza. No me apetece estar aquí y la cola no avanza nada.

Si lo llego a saber me habría portado mejor. O habría nacido mujer, porque por lo que veo su fila avanza mucho más rápido. Y a muchas no las veo ni con moneda. A las más guapas.

Inclino mi cuerpo y me asomo para ver la cabecera. Nada.

Me giro hacia el tipo que va detrás de mí y le pido un cigarrillo.

—¿Y por qué estás aquí? —pregunto mientras lo enciendo.
—Banca.
—Joder, debéis ser un montón. En la sala de espera eran casi todos de los tuyos. Me he tirado meses allí y ahora, mira —señalo la fila.

Él me pregunta de vuelta, le explico que me he dedicado toda mi vida a la publicidad, no tenía salvación posible. El juicio fue para mearse. Literalmente. Cuando intenté argumentar mi defensa todos los que estaban allí, incluido Él, empezaron a descojonarse.

Resulta que el banquero también se ríe y yo ya no aguanto más. Salgo de la fila, me desabrocho el cinturón y me la saco. No había empezado todavía cuando una de las keres me agarra por el cuello, me zarandea como a un perrillo y me devuelve a la fila. Menudo trato, me recordó a mi Mercedes. No me dio tiempo ni a pedirle perdón. Pobre mujer, lo que me ha aguantado.

El cachondeo a mi vuelta tras este escarceo es mayúsculo, les he dado vidilla en la espera. Empiezo a escuchar cómo me llaman calzonazos y otras lindezas. Los comentarios empiezan a subir de tono y hay varios enganchones con la fila de las mujeres. A mí la verdad es que me hace gracia, una le acaba de llamar ablandabrevas a un calvo que comienza ponerse escarlata por no saber qué contestar.

Veo que mi benefactor tabáquico lleva un maletín en la mano. Me gustaría preguntarle para qué coño se ha traído eso, pero la cola avanza y la keres se queda a mi lado con cara de otro, no parece gustarle la que se ha montado.

De esta ya nos toca fijo, casi estamos. Espero a estar a un par de pasos de Caronte y busco mi óbolo en mi bolsillo. No está. Miro en los otros y me empieza a entrar la taquicardia. Se debió caer en el episodio con la keres. La miro. Ella me mira como preguntándose por dónde le va a salir esta vez este gilipollas. Entonces levanto la cabeza y veo que Mercedes está subiendo al bote. Tengo que entrar en este viaje sí o sí.

Me vuelven las ganas de mear, casi estoy bailando de una pierna a la otra. Qué difícil es pensar así.

Es entonces cuando el banquero me da unos toquecitos en la espalda. Me giro y abre el maletín a pocos centímetros de mi cara. Pienso que el puto usurero no habrá sido capaz, no tendría sentido. Pero sí, está lleno de óbolos.

—A mil euros cada uno.

Desde luego, qué mierda de vida.