1305. UN VIEJO TRUHAN
Miguel Ángel Escudero Eble | Semínola

Mi abuelo fue un gran aventurero. Y lo fue hasta el fin de sus días. De hecho, se propuso ser el primer septuagenario en escalar los catorce ochomiles. Y estuvo a punto de conseguirlo, pero perdió la nariz y todos los dedos de las manos y los pies en el intento. A él no le importaba, decía que le buscáramos un asilo en el que le dieran de comer con pajita. Pero a la postre no hubo forma de meterle en una residencia; sólo quería vivir en mi casa y que mi novia de entonces (una bella cubana) le diera de comer con cucharilla. Y que se sentara en su regazo para hacerlo. Después se fugaron juntos, y no volví a saber de ellos.

Cuando era joven mi abuelo viajó a las Islas Galápagos, donde estudió durante años cómo quitarles las alas a las moscas sin herir su autoestima. Escribió varios libros sobre el tema que provocaron un gran debate entre los naturalistas.

También viajó a África, donde convivió con una tribu caníbal. Él les enseñó las bondades de las verduras y las legumbres. Ellos, agradecidos, le convirtieron en jefe de la tribu y solo cocinaban carne humana para él. Concretamente la de sus hijos primogénitos, que mi abuelo engullía con deleite.

Si hay algo que caracterizaba a mi abuelo es que era tremendo pegando mamporros. Sobre todo a mi abuela y a mi tío paralítico. Aunque mi abuelo pegó mamporros en los cinco continentes. Cualquiera que se acercara a mi abuelo podía llevarse un mamporro. De niño, me decía que el secreto de un buen mamporro es pegarlo por sorpresa, que si algún niño se metía conmigo le pegara un mamporro cuando menos se lo esperara. “Esos hacen pupa”, decía.

Entre aventura y aventura mi abuelo ejerció un buen número de profesiones. Fue bailarín, cómico, trapecista, dependiente de una mercería, actor de teatro, asesino a sueldo, médico de familia, profesor de flauta, afilador de cuchillos, vendedor de palomitas, sacerdote, paseador de perros, director de una sucursal bancaria, barrendero, proxeneta, escayolista…

Muy pocas personas acudieron al entierro de mi abuelo. Sólo el cura y yo.
Aunque yo lo seguí por videoconferencia. Que descanse en paz.