1317. UNA AUTÉNTICA MOTOMAMI CONOCE LA ESENCIA DE VIVIR.
Gabriel Molinero Solla | Bif

Un plato humeante de quesadillas vegetales avanza a través del restaurante hasta aterrizar en la mesa en la que la motomami le afirma sin rodeos al hombre_Y que le quiere. Lo dice sin titubeos: ‘sé que es nuestra primera cita, pero es que te quiero’. Lo dice porque el hombre_Y tiene un brillo especial en la mirada y, aunque el brillo especial en la mirada no lo es todo, la motomami está muy cachonda y quiere sexo ahora. El hombre_Y no lo piensa ni un segundo, su respuesta es contundente: ‘claro que sí, yo también te quiero’, dice. Después devoran las quesadillas y debaten con la boca llena lo conveniente que es tratar de forma directa y sincera las cosas.

Cuando la pizza Diavola bien spicy está a punto de aterrizar en la mesa, la motomami decide ir más allá y le dice ‘mira, hombre_Y, voy a ser sincera contigo, te voy a contar dos cosas que nunca le he contado a nadie: mis padres son mormones y una vez le pedí al Gran Wyoming que me firmara las tetas’. El hombre_Y se ríe, no sabe quién es el Gran Wyoming, pero le gusta este tipo de juegos, así que después él confiesa que nunca ha hecho un trío y que le pone mucho la sonrisa perfecta de Hugh Grant ‘¿Cómo puede tener una sonrisa tan perfecta?’, dice mientras se ríe. Ella se pone muy cachonda -se imagina a Hugh Grant y al hombre_Y teniendo sexo- y le propone que vayan al baño a follar. Van corriendo, y lo hacen con tanta aceleración que la goma del condón se rompe: una brecha que provoca un vacío en la existencia de ambos. Un vacío que provoca otro vacío y que perpetúa la inconsistencia de las buenas intenciones. Cuando vuelven a su mesa la gente ni si quiera les mira.

La tarta de queso aterriza sin gloria en la mesa y bocado a bocado, el amor comienza a menguar. A la vez que el amor decrece, un minúsculo espermatozoide entra prematuro en el óvulo de la motomami y se forma un pequeño zigoto fruto de la pasión y de la sonrisa de Hugh Grant. La conversación se hace pequeña. Ella no sabe que cuando salga del restaurante estará embarazada de él. Ellos tampoco saben que nunca más se volverán a ver -ni falta les hace-. Cada uno tomará su propio camino de forma consensuada. Nueve meses después nacerá Rosalinda, que tendrá una sonrisa preciosa y un brillo especial en la mirada. Él vivirá en Hammersmith el resto de su vida y una mañana fría de abril, en un restaurante donde no conocen el aceite de oliva, se encontrará con Hugh Grant. Se enamorarán. Se casarán. Rosalinda tendrá una motocicleta de doscientos caballos cuando sea mayor de edad. El mundo seguirá girando miles de años más y el Gran Wyoming, quizá, nunca llegue a saber lo que es una verdadera motomami.