684. UNA BODA DE MUERTE
ANA MARIA DIAZ SANCHEZ | HERZ

Hoy me casaré. Mañana celebraré mi funeral. Es la voluntad de la que será mi esposa:
– Romeo… ¡Cómo me gustaría ser viuda! Desde niña ha sido mi sueño.
Y mientras expresa con emoción ese deseo infantil, sus ojos brillan emocionados y miran al infinito. Yo, ¡que quieren que les diga!… no puedo negar nada a mi Julieta.
Parece que fuera ayer cuando la vida nos abrazó a los dos. Recuerdo aquel momento…. fue un flechazo en el sentido literal de la palabra. Julieta y el que les habla dejábamos pasar nuestros últimos años en la Residencia Larga Vida. Disponíamos de infinidad de actividades y entre ellas, mi preferida era la del tiro con arco. Aquella mañana del catorce de febrero practicaba mi técnica cuando el Parkinson me jugó una mala pasada y al disparar la flecha, esta se desvió y se dirigió directamente al corazón de Julieta. Un síncope superlativo la mantuvo en coma durante cinco meses. Cuando despertó su mayor deseo era el de identificar al responsable de su dolencia coronaria. Aunque abochornado, soy un caballero y me presenté ante ella. Nuestros ojos se encontraron, el amor nos cegó y ojipláticos nos ennoviamos.
Nuestra relación, desde entonces, ha sido seria y formal. No han proliferado los besos ni los abrazos porque los vamos a dejar para la noche de bodas. Ella, además, tiene el firme propósito de llegar virgen al matrimonio. Sus nueve hijos se sorprenden, pero ella considera que treinta años sin relaciones maritales otorgan el título de virginidad honorífica.

El reloj marca la cuenta atrás y mi corazón late al ritmo de las manecillas. Solo faltan dos horas para que la novia entre blanca y radiante en el salón de actos al compás de Paquito el Chocolatero mientras que yo, embelesado, admiraré su belleza centenaria.
Mañana… mañana será diferente. Volverá a entrar en esa misma sala, de luto riguroso, mientras que la música de Living la vida loca sonará solemnemente y yo… yo estaré instalado en mi ataúd de abedul con el semblante que la circunstancia prescribe: tieso y frío.
Me miro al espejo y la imagen me devuelve a un hombre guapo vestido para el rito nupcial. El que llevaré como mortaja está colgado de una percha. Después de darle muchas vueltas, he decidido que me lo pondré antes de tomarme el veneno que llevará el chocolate con churros del desayuno. Es desagradable que personas ajenas luchen para vestirme con mi rígor mortis. La clase y el estilo nunca hay que perderlos. Por supuesto, también dejaré una nota exculpatoria sobre mi fallecimiento. No habrá culpables.
Antes de concluir mi relato, les descubriré mi última voluntad: deseo dejar encinta a Julieta. Anhelo que mi apellido, Rocambolesco, se perpetúe en el abismo del futuro.
Ya queda todo dicho. Están invitados a ambas ceremonias. Únicamente, se necesitan dos requisitos: arroz, para la boda, y un brazalete negro para el funeral.
Y, por favor, ¡exclamen con júbilo!:
– ¡Vivan los novios… hasta que la muerte los separe!