Una carta a mí yo de ayer
Ainhoa Conde Castro | Solfeaverso

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Querida,



Deja a un lado las páginas de tu diario y observa al frente. Ellos están, aquí, de nuevo, contigo, como la primera vez. Puede que, quizá, te hayas olvidado de algunos detalles, pero ya vivimos algo similar tiempo atrás. ¿No lo recuerdas? Ven, acércate tras la cortina y observa: aquella mujer fue quien cambió un vuelo para poder venir a verte años atrás; y el hombre melenudo con bigote, quien alquiló una caravana cuando regresó de su embarque, para conocerte tras más de cinco años esperando por ti. Y el muchacho delgado que se gastó todos sus ahorros en poder pasar unos días contigo, en tu costa, allí e incluso en Madrid.



Mira en la primera fila, son tus vecinos, tus amigos, con quienes has crecido y a quienes has visto crecer. Y las autoridades locales a quienes nunca quisiste ver como alcaldes, sino como amigos, desde tu ingenua infancia. Y tu familia, y tus músicos, esperando con la ilusión de un crío a volverte a ver en tus vestidos de tul y peinados de princesa.



No tengas miedo a que el piano vuelva a sonar, ellos te acompañaron una vez, y lo volverán a hacer, porque no les importa el contenido de tus obras, sino poder estar cerca de ti en los pasos que escales hacia la cumbre de tu felicidad sobre el escenario. Porque te quieren, un tanto por tu talento, pero un acre por tu corazón.



¿Pero por qué sigues con el rostro magullado? Oh, ya entiendo. Lo que nunca cuentas, lo que nunca se mostró, lo que vivisteis en silencio, o en formato de canción. Pues sí. También él, aunque te cueste creerlo. Se sentó en el pasillo, al final del auditorio, pues quiere volverte a oír, aunque tú no lo veas; porque, en realidad, jamás dejó de quererte, aunque te lo hubiese hecho creer. Ahogó el llanto en la entrada, cuando imaginó que no querrías, siquiera, saludarlo, y se acercó a tu madre para ensalzar el color verde de sus ojos, olvidando que, en realidad, estaba pensando en los tuyos, pero ella era la única a quien podía acercarse, porque tú siempre fuiste tan fría, tan distante… Y no te culpo.



Bien, pues ahora, recoge este puñado de emociones que sientes, como sobrecogió tu corazón aquella gaita con el himno a tu tierra tiempo atrás, y confía en el poder del cariño que toda esta gente decidió entregarte a ciegas desde el primer día en que se tropezaron con tus escritos, desde el primer día en que te vieron subir a un escenario, desde el primer día en que pudieron abrazarte. Desde la primera cita que tuvimos en un solsticio de verano. Y entrégala sobre sus corazones, hazles sentir en propia piel lo que su boca se niega a reconocer, y permítete soñar a lo grande, porque ellos, son tu abrigo, fuente de inspiración y de afecto.



PD. Sabes que estoy orgullosa de ti, pequeña. Aunque casi nunca me permita mostrártelo.