Una cita a ciegas
Eloy Miguel Cebrián Burgos | Luis Miguel Ortiz

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—¿En qué piensas? —me preguntó Silvia, tal vez por décima vez.

Silvia. Un nombre sin duda bonito. Y ahí, en el nombre, terminaba todo el atractivo de la muchacha. Debía de pesar unos 90 kilos. Era carirredonda y hombruna de porte. Y por lo menos diez centímetros más alta que yo. Y esos eran sus rasgos más tolerables. Sobre los verdaderamente feos prefiero guardar silencio porque siempre he sido un caballero.

—Qué calladito estás. Dime, ¿en qué piensas?

Con esta eran ya once las veces que me había repetido la preguntita. Sentí deseos de asesinarla por algún procedimiento lento y doloroso, pero me limité a servirme una copa de vino blanco de la botella que acababa de traer el camarero.

—¿De verdad no me vas a decir en qué piensas?

«Pienso en cuánto ganarías si por lo menos te quedaras callada», respondí, aunque sólo en mi pensamiento. Me concentré entonces en mi copa de vino. No sé mucho de vinos, pero este me lo habían recomendado con bastante entusiasmo. Dicen que, antes de probarlo, el vino de calidad se disfruta con el olfato y con la vista. Levanté la copa a la altura de los ojos y traté de captar los matices del color. El cristal estaba ligeramente empañado y cubierto de gotitas. El líquido dorado del interior centelleaba bajo las luces del restaurante. Me gustaría tener una novia guapa y rubia, con el pelo del color de ese vino. Pero solo tenía a Silvia. La miré a través de mi copa. No pude contener una exclamación.

—¿Qué te pasa? ¿Te has tragado alguna espina?

Bajé la copa y miré a mi acompañante al natural. Silvia daba cuenta de un chuletón de buey que, por lo sangrante, parecía recién arrancado de la res. Creí distinguir un hilillo rojo que se fluía desde la comisura de sus labios hasta su papada. Negué con la cabeza mientras intentaba reprimir un repentino ataque de náusea. «No, no me pasa nada». Luego la miré de nuevo a través de la copa.

Y volvió a ocurrir.

Ignoro qué cualidades ópticas poseía aquel vino. Pero lo cierto era que, contemplada a través del filtro de la copa, Silvia se convertía en una auténtica belleza. Una mujer escultural, misteriosa, fascinante. Una vampiresa vestida de rojo que parecía susurrarme promesas de amor eterno desde el orbe dorado de la copa. Repetí el experimento. Bajé la copa y ahí estaba de nuevo la corpulenta y absurda Silvia. La subí y de nuevo apareció la diosa. ¿Quién ha dicho que en este mundo ya no existe la magia?

—Pero ¿qué haces? ¿Te pasa algo?

De pronto comprendí lo que había que hacer. Vacié la copa de un solo trago. Noté cómo un dulce calor empezaba a repartirse por todo mi cuerpo. Ante mis ojos, Silvia comenzó a transfigurarse. Llené de nuevo la copa. Calculé que media botella bastaría para completar la metamorfosis de Silvia.

—No, cariño. No me pasa nada. Ahora ya no.