764. UNA CITA PARA RECORDAR
RAQUEL EULOGIO RUIZ | Brynhilda Katze

¡He quedado con un chico! Es guapísimo, altísimo y divertido. ¿Cómo ha ocurrido? Ni idea. Solo sé que se me acercó y me pidió salir.
Lo que no imaginé es que me llevara a patinar. A mí, que tropiezo con las líneas de las losas al andar.
— Sabes patinar, ¿no? — me preguntó.
— Claro que sí. — contesté.
¿Qué por qué contesté que sí? No lo sé. Pero a lo hecho pecho.
Cojo los patines que ha alquilado Cristian. ¡Si hasta el nombre es sexy!
¿Por qué me habré puesto un vestido tan ajustado? Intento agacharme para ponérmelos y las costuras comienzan a crujir. ¡Oh, no!
¿Qué hago? Me siento en el suelo y retuerzo mis piernas hasta poder tocar mis pies. En una posición tan incómoda que siento un dolor horrible en mi costado. Tengo que parar cada treinta segundos porque me muero de dolor. Al final lo consigo. Levanto la mirada y hay varias chicas mirándome y riéndose.
Consigo ponerme los patines, pero tengo que levantarme del suelo.
— ¿Te ayudo? — ahí está Cristian mirándome con sus manos extendidas.
— Muchas gracias.
Pongo mis manos sobre las suyas y él tira de mí. Caigo de rodillas rompiéndome las medias a la vez que me clavo cada piedrecita que hay en el suelo.
— Lo siento. Espero que no te hayas hecho daño.
Niego con la cabeza apretando los labios para que no quejarme.
— ¿Me permites? — pasa sus manos por debajo de mis brazos.
— Sí.
Sus manos me agarran directamente del lateral de mis pechos.
El bochorno me hace enrojecer.
Logra levantarme y ahora tengo que mantener el equilibrio.
— Gracias. — me suelta y avanza delante de mí.
¡En qué lío me he metido! Nunca he patinado sobre hielo y menos con este vestido super ajustado.
Me apoyo en los asientos que hay por el camino para no caerme hasta llegar a la pista.
— Dame la mano. — qué amable es.
Estiro mi mano y aprieto la suya para poder moverme hasta él. Mis pies se tambalean y no me caigo porque en el último momento enganchó su camisa y choco contra él hasta estabilizarme totalmente pegada a su cuerpo. Y lo que es peor, mis manos están apretando con fuerza sus nalgas.
¡Qué vergüenza! ¿La puedo liar más?
— Lo, lo siento.
— No importa.
Volvió a darme la mano y moví los pies despacio. Después de un par de vueltas me soltó.
— ¡Estoy patinando! — grité.
En ese instante quise patinar más rápido y mi pie derecho chocó contra el izquierdo enganchándose con mi media rompiéndola del todo. Extiendo mis manos intentando sujetarme a algo mientras mis pies se doblan sin remedio. Y cuando ya me veo en el suelo, Cristian intenta ayudarme, aunque no a tiempo. Lo único a lo que me agarro es a sus pantalones que acaban en el suelo al caer hacia delante. Y si eso no fuera poco, la cremallera del vestido tampoco aguanta la caída. Se rompió.
Nos miramos y acabamos los dos en el suelo riéndonos. Recordamos nuestra primera cita aún después de cuarenta años casados.