431. UNA DE BRAVAS
Luis Alonso Agúndez | Agúndez

¿Pero por qué estarán mis hermanas tan contentas? ¿No se dan cuenta de lo patéticas que resultan? Me enerva su estúpido entusiasmo. Y pensar que todas venimos de la misma madre. Míralas, todas tan sonrientes, tan doraditas… Dios, qué asco me dais.

En el fondo siento envidia. Ojalá vivir con su despreocupación, con su ausencia de temor ante lo desconocido. Quizá la pregunta no sea por qué ellas están tan animadas sino por qué yo estoy tan asustada. Se supone que recibí la mejor educación, la mejor preparación posible; que mi destino estaba ya escrito incluso antes de mi llegada al mundo y que desde que fui consciente de ello lo acepté dócilmente.

Y es cierto, siempre he gozado de una profunda vocación de servir, ese es mi sino y el de todas las que vinieron antes de mí y el de todas las que vendrán después. Y siempre he estado orgullosa. Nada me parece más bello que venir a este valle de lágrimas a dar placer e iluminar, aunque sea solo unos instantes, los oscuros corazones de los hombres. Toda una vida consagrada al sacrosanto propósito de entregarme al gozo ajeno y ahora, con todo listo para mi ascenso a la divinidad, sucumbo a la peor crisis de fe posible.

Encima me escuece tantísima salsa brava. Está por todos los lados. Será el precio que hay que pagar por mi privilegiada ubicación, supongo. Aquí sí que he tenido suerte. En pleno centro, donde todas quieren estar. Brillando como ninguna. Si es que estoy buenísima, joder. Seguro que seré la primera en caer. Mejor oye, cuanto antes me llegue la hora mejor.

¿Y quién me elegirá, quién se decantará por mí? ¿Por quién daré la vida y el último suspiro? Solo espero, por Dios bendito, que no me toque la mesa de un influencer. Lo que me faltaba ya, no bastaba con este mar de incertidumbre en el que zozobro como para que encima me saquen una foto que dé testimonio de mi angustia final. Y yo con estas pintas. Ni el mejor filtro Valencia me puede salvar.

Ojalá sea un periodista. O mejor un autónomo. Que esa gente pasa mucha hambre y no tiene tiempo para pijadas. Les da igual que esté quemando. Es dejar el plato en la mesa y ni te enteras, cuando te quieres dar cuenta ya estás ahogada en saliva.

También he tenido mala suerte. Me podrían haber incluido en un plato de bacalao, o en un entrecot, algo más sofisticado, digno de un paladar más refinado que a buen seguro me hubiese valorado como merezco. Si tampoco pido tanto. Incluso me hubiese conformado con una tortilla de esas a las que luego dan premios. Pues no, directita a una triste ración de bravas he tenido que ir. Toda una vida al servicio de la fritanga.

¿Y qué haré si me devuelven? ¿si soy la última, la de la vergüenza? Eso sería la máxima humillación posible, no puedo siquiera concebir……

-¡Marchando una de bravaaaaas!