403. UNA DESGRACIA (RELATO NEGRO)
Agustín González Cano | Max Chandos

A esas alturas, ya le digo, el pez espada y yo ya habíamos arreglado lo nuestro. Quedaba, sin embargo, todo el asunto de las peladillas. Pero meterle mano a eso sí que era difícil. Y mira que removimos los archivos, bajo la parpadeante luz del neón que habíamos instalado en la fachada de enfrente, para crear el ambiente propicio para una oficina de detectives.

De mala muerte.

No, que así nos llamábamos: “de mala muerte”. Las muertes buenas no requieren de mayor investigación, ¿no cree usted? Pues, como le iba diciendo, el asunto de las peladillas era duro de roer. Y aún colea, no se crea, pero eso se lo cuento en otra ocasión.

¿No quiere otro poleo? A mí es que con uno…

Bueno, pues más o menos así es como empezó todo. En cuanto a lo suyo, no sería la primera vez que algo así acaba suponiendo una mejora. Una mejora de todo tipo, hágame caso. Présteme el brazo.

No, el que lleva en el maletín.

Vaya, es un brazo zurdo. Habrá que apañarse. Mire, si me sujeta el papel… Así. ¿Cómo ha dicho que se llamaba? ¿Eso es con jota?

Yo creo que ha quedado bastante bien. Aquí parece que se corre un poco la tinta. Sí, mire, acérquese. Déjeme que le agarre la cabeza. A la luz. A la luz, hombre, no se me haga de rogar.

Así, en confianza le diré que cada vez me cansan más estas cosas.

¿Qué cosas van a ser? Los diálogos de besugos.

Bueno, bueno, no se me ponga así. Vamos con lo otro. Abra un poco los brazos. No tenga miedo. Sí, sí, empiezo suave. A ver, un poquito, ¿ve usted qué bien? En las axilas. No se agite tanto. A ver por aquí en la barriguita, ¡ay, qué gracia! ¡Qué cosquillitas, eh!

Hale, ya está bien, que está usted muy gordo y lo mismo le da un pasmo.

Pues eso va a ser todo. Sí, llévese el brazo. Y para otra vez me lo limpia un poco, buen hombre, que me ha dejado el secante perdidito de sangre. No, no salga por ahí, mire, es por la otra puerta. Sí, ésa. No, no es un armario.

Venga, venga, no se queje tanto. No se imaginaría usted que le iba a dejar irse así sin más. Podría haber sido mucho peor, ¿no lo cree?

¿Cómo que no? Un tiro es peor, un golpe en la cabeza es peor, que le ahorquen a uno cogiéndole con una cuerda por detrás es muchísimo peor. Una herida de pez espada, en cambio, es algo elegante, fino, entra casi sin sentir. Es un esgrimista de primera categoría, ya se habrá dado usted cuenta.

Ahora, lo más importante. A ver esos bolsillos. Sí, lo que me imaginaba. Las peladillas.

Terminado. Apago el neón y hasta mañana. Sí, sí, no se preocupe, agonice tranquilo. La Mala Muerte siempre a su disposición, amigo.

Vamos, Espada. Mañana lo limpiamos todo.