761. UNA ESTACIÓN DE SERVICIO CUALQUIERA
Silvia Dorado Castro | Anna Karenina

A menudo el egocentrismo invita a pensar que las personas que pasan a escasos centímetros de distancia hablan de banalidades, o que la vida del viajero que se sienta al lado en el tren es sencillamente anodina. Eso es lo que durante bastante tiempo pensó el más antiguo empleado de la estación de servicio y repostaje ubicada en la salida 86 de la autovía en la que se detenían cientos de personas. Aquella mañana, como muchas otras, pasaron cosas interesantes. La primera fue la llegada de dos amigas bastante apresuradas. La conductora aparcó a un lado de la tienda, y su compañera ya había abierto la puerta mucho antes de que esta pudiera apagar el motor. La siguió, llamándola sin cesar. —Tu puta hermana…y su puto laxante. ¿Esa mierda era natural? ¿En serio? ¡Me cago viva! – Una señora acababa de salir del único baño, dejándolo libre. Lo malo era que detrás venía un grupo de chicas dispuestas a esperar para usarlo—. ¡Entra! —gritó la joven en apuros a su amiga. Esta accedió.
—Va a oler, y se va a oír.
—¿Y qué quieres que haga?
Poner papel siempre era la mejor solución para este tipo de situaciones, de modo que amortiguara el sonido. El olor era la más ardua tarea, e igualmente reveladora y acusadora, si no lo era aún más.
—¡Fuma! —ya en posición, gritó esto varias veces a su amiga. —Vale, tía, vale. Voy —sacó un cigarro y lo encendió. —¡En mi culo, fuma en mi culo! —le espetó. Y así lo hizo. Exhalaba humo agachada junto a ella para cubrir el hedor con el del tabaco. Tardaron en salir, pero salieron. La amiga en apuros se sentía aliviada, aunque pronto le sobrevino la misma situación, tan traicionera como la primera vez. Ahora el baño estaba ocupado, y era el único que tenían en la tienda. Corrió detrás del recinto, alejándose entre los matojos secos a pleno sol. Su amiga la seguía cual leal escudera. —¡Vigila! —chilló mientras se acuclillaba. Pronto fueron conscientes de otro problema mayor. El papel era un bien escaso en ese momento. Hablaron sobre la posibilidad de conseguir más. —Tía, si quieres entro y compro más. —¡No! ¡No me dejes aquí! – Escuchó después las maldiciones de su amiga, y reparó en que venía gente. Concretamente, el grupo de chicas de antes, que lucían unas espléndidas sandalias. Por qué no, al fin y al cabo era verano. — ¡Viene gente! —agitó los brazos para advertirla. Su amiga, sin saber qué hacer, se había quitado una zapatilla y un calcetín, y usaba este último para limpiarse. Lo arrojó a la maleza, se puso la zapatilla y salió corriendo hacia su amiga. No tardaron en oír un chillido de espanto, al que se unieron otros tantos como un coro nada celestial.