132. UNA EXCURSION EXTRAORDINARIA A URGENCIAS, DEL HOSPITAL GENERAL.
tomas rosa castejon | tomasrosa

Cargaba yo el carrito de Mama en el maletero trasero del pequeño coche, al que llamo coche huevo por la manía que le tengo, ella se sienta delante con la espinilla remorada de la infección que le está saqueando la pierna tras un mes ya desde la operación, y así, medio descalabrados nos dirigimos a la entrada de las Urgencias del hospital General a través de la estrecha y pequeña rampa que da al apeadero. Allí, en el desamparo la dejo sentada y sola en su carrito con la pata tiesa, mientras salgo del recinto para aparcar el coche-huevo que le tengo manía.
Lo que viene a continuación casi se sabe, horas de espera, tedio, angustias, dolor y aburrimiento. En este trance la incertidumbre es lo que impera, nadie sabe cuándo¡, el personal auxiliar no concreta nada y los doctores están siempre tras las bambalinas, se supone que organizando el hospicio, -incluyendo sus paraditas para comer o para el café de la tarde…- y como digo, en esta espera tediosa e indolente me pongo a observar con desconcierto la geografía humana que se me viene encima bajo los insoportables tubos de neón.
En la primera estación que llaman Triaje impera la ancianidad y el trajín de carritos y camillas chocándose entre sí, unos van y otros vienen, cada cual acomodándose donde puede con la ayuda o no del celador de turno casi siempre contrariado. Piernas rotas, cuerpos desencajados, miradas perdidas, cabezas vendadas y familiares histéricos, asustados y tristes.
La familia de la anciana gitana entra en bloque, gritando, suplicando, maldiciendo, arrastrando la camilla de la vieja matriarca y sin importarle nada los que están delante, o los llevan horas de espera. Llegan con babuchas de andar por casa y batas de guata acolchadas con florecitas y las mujeres con los rulos puestos. El tiempo va pasando y va apareciendo en los rostros de los que estamos allí una sombra parecida a la resignación de la espera irremediable al destino del tiempo. Cables de goma, tubos de oxígeno, pinchazos en las venas rotas… y así va pasando el tiempo, entre lamentos de unos y suspiros de otros.
La segunda estación de espera es ya la sala de curas, se sitúa una planta más abajo, en el infra-sótano del Hospital, sin ventanas, sin ventilación, pasillos lúgubres y vencidos, gastados por el paso de tantos enfermos y tantos sollozos, van apareciendo personajes, y a esperar, a seguir esperando el turno para que entrar en consulta… enfermeras que recorren el pasillo abriendo y cerrando puertas y celadores que acomodan la camilla del nuevo descalabrado. La paciencia se va agotando, las miradas del desconsuelo se cruzan… y de pronto ocurre algo, desparecen las diferencias, allí ahora todos somos iguales, se produce una homogeneización, el dolor y la desesperanza nos unifica, y emerge un brote de aceptación, lo que hace que amemos más la vida luminosa y cierta que nos está esperando ahí fuera.