269. UNA HISTORIA MUY BREVE
María López Reguera | Una sinsombrero

Hoy jueves mi única motivación para ir a clase es entregar los deberes al profesor Gaitero. Me reclino en el banco metálico de la estación. Por mis cascos suena “Hearts”. Me gusta que hable de sentir, porque parece que todo el mundo está tan centrado en sus obligaciones y en hacer como que nada les afecta que nos hemos olvidado de que sí tenemos sentimientos y está bien mostrarlos. Cierro los ojos un momento para que el estribillo me inunde los oídos.
Una corriente de aire me trae de vuelta, en el tren me siento en los asientos prioritarios, la perspectiva es mejor. A mi lado se sienta una mujer muy arreglada: bolso de marca, abrigo largo, maquillaje…Saca unos papeles del bolso, dejando ver su muñeca, donde tiene una marca roja, como si algo le hubiese apretado con fuerza. Miro su cara de reojo, a pesar de las capas de maquillaje, hay unas manchas oscuras que persisten. También lleva un pañuelo, que con el calor del tren se afloja, tiene marcados unos dedos, casi puedo distinguir las huellas dactilares. Me sorprende que a pesar de todos esos golpes esté aquí sentada junto a mí, como si nada.
En la siguiente parada, se sienta un hombre ante nosotras, habla por teléfono con un tal Antonio sin preocuparle quien pudiese escuchar esa conversación. Viste un traje que le queda pequeño, se nota en las mangas y las perneras. Sus zapatos están gastados y cuando se pasa la mano derecha, cuyo dedo anular denota que había llevado una alianza, por la cabeza, se sacude unos pelos canosos. Antonio parece seriamente preocupado por sus finanzas…Sin embargo, y pese a que su apariencia lo desmienta, su tesorero es la tranquilidad personificada.
Apenas faltan unas paradas para mi destino, aunque a ese nunca llegamos. En la siguiente parada, sube un hombre delgaducho, con la mirada perdida. A su espalda lleva una mochila, de dónde saca un arma. Un chico sentado en el coche de al lado se pone en pie, y de su plumas saca otro arma.
-Queridos pasajeros.- dice con voz grave y ronca el hombre delgaducho-. El trayecto de hoy no va terminar bien.
Mi acto reflejo es poner una mano sobre mi mochila: los deberes del profesor Gaitero son mi bien más preciado. La mujer a mi lado me agarra la mano y me mira aterrada. El hombre deja en suspense a Antonio y le dice que le llama luego. No hubo más tiempo. Los hombres armados nos disparan a todos. Miedo. Estoy segura de que la mayoría fue el sentimiento que se permitieron sentir.
Rendida en el suelo, agarrando mi mochila, comprendí que hoy no entregaría mi tarea al profesor Gaitero.