UNA HORA CUARENTA
CARMEN DOMINGO PEÑA | Carmen Domingo

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Surf, snow, perro, gimnasio, escalada, buceo, viaje a Punta Cana con pulserita, yoga, voluntariado del blanco creyéndose el salvador del mundo, selfie en baño con la taza del váter abierta. Susana dejó de mover el dedo hacia la izquierda, puso el móvil en el lavabo y se giró hacia su derecha para coger el rollo de papel escrupulosamente colocado con la cara del papel higiénico pegada a la pared. No entendía ese debate sobre hacia dónde colocar el rollo, si la gente pensara un poco vería que ésta es la única opción posible. <> pensó. Ya tengo suficiente con relaciones de mierda, dijo hablando sola mientras tiraba de la cadena y abría el grifo de la ducha.

Salió de casa. Se fue a clase de patines, pero ese día con vaqueros y rímel.

– Vendrás, ¿no?

– Si, claro.

– A ver si vas a hacer como ayer.

– Jajaja, no. Hoy no he quedado con nadie.

Susana deslizó su dedo hacia abajo y revisó en el metro las fotos de anoche. Su primera cita. Él en La Latina y ella en Malasaña. Uno tomó cerveza con patatas y ella vino con aceitunas. Él revisando el móvil, ella con el libro nuevo que había comprado esa tarde de paseo. Él esperando a ver si finalmente se veían; ella diciéndole que había quedado con sus amigas. Él terminó saliendo con sus amigos; ella volviendo a casa con su libro y sin cenar.

– Salgo para allá- escribió Susana.

Caminaba rápido para coger la línea 10. Transbordo a la cinco. Rápido. No sabía si eran nervios o las prisas de la ciudad.

– Tranqui. Te espero aquí.

Susana llegó al bar. No tenía muchas fotos en su perfil. Intentó abrir la puerta hacia dentro; era hacia afuera. Los ojos abiertos, tocando con el pulgar sus anillos mientras revisaba las mesas. Solo, de espaldas. Tiene que ser él, pensó. Se giró y se levantó para darle dos besos. Serio, ¿nervioso o decepcionado?

Él un doble, ella otro. Unas patatas compartidas. El móvil en el bolsillo. Una conversación normal, sin ruidos, sin estridencias ni pretensiones. Él sacó su móvil para enseñarle una foto de su proyecto, ella movió su mano para señalar un detalle, él movió la suya para ampliarlo. Un roce inesperado y breve actuó como el desfibrilador para reanimar un paro cardiaco. Susana retiró la mano rápido.

– Me tengo que ir – dijo Pablo- mi tren a Valencia sale a las 16h.

– Claro.

Caminaron hasta Sol. Un abrazo de despedida amistoso y torpe. Volvió a casa extraña, confusa. Tiró el móvil en la cama y se puso una película. Cuando cogió el móvil para pedir algo de cena Pablo le había enviado una foto en el ascensor subiendo a casa.

– Te mando esta foto para el recuerdo.

Susana sonrió. De nuevo una descarga, otra reanimación.

– ¿Cuánto tardas?

– Pues en una hora cuarenta puedes estar aquí tomando orxata.

Susana Sonrió de nuevo.