1224. UNA IDIOTA SIN PERRO
Irene Jiménez Falcón | Ele Punto

Desde que tengo uso de razón he amado a los perros.
Mi padre siempre me decía que por qué no pedía juguetes caros, como hacían los otros niños, en vez de andar rogando que me dejaran tener un perrito.
– ¡Puede ser de la perrera! ¡Y no me importa si es feo!
Pero ellos siempre destruían mis sueños de joven animalista con una negativa clara.
Un día llamaron al timbre y cuando abrí la puerta había un cachorrito de pocos días, llorando y haciéndose pipí en el portal de mi casa. Mi madre prohibió que esa pobre criaturita abandonada pasara de la entrada y después de un bombardeo de llantos decidí hacerle compañía en el suelo hasta que, no sé cómo, desapareció.
Como sólo han pasado 25 años de aquello, de vez en cuando le sigo reprochando a mis padres lo feliz que yo hubiera sido con aquel perrito que, en su corta estancia a mi lado, yo llamé Coqui.
Cuando llegué a la adolescencia me eché un novio medio tonto que me quería mucho pero pensaba poco. Mis padres le apreciaban, hasta que se presentó con una cachorrita de labrador para regalarme.
El consejo familiar se reunió en la cocina en tres minutos: yo lloraba con el perro debajo de la mesa, mi padre contenía sus instintos animales para no matar a mi novio, mi madre miraba al perro como se mira un charco que sabes que no puedes cruzar sin mancharte y mi hermano reclamaba que si yo tenía un perro, él quería tener una tarántula.
Me despedí y nunca más supe de ella, pero jamás olvidé a Mercedes.
Cuando me fui a la Universidad pensaba que había llegado el momento, pero me resigné y decidí que no era ético esconder en una habitación de residencia a un animal que precisa del aire fresco para hacer sus necesidades tres veces al día.
Dos años después, el universo me hizo un regalo en forma de piso compartido.
Recuerdo que entré por la puerta y reconocí el cielo: dos perritos pequeños meneando el rabito y meándose de felicidad al verme. Y sin ser mi responsabilidad económica. Iban a ser los años más felices de mi vida.
Por desgracia, no andaba bien de pasta y tuve que abandonar aquel lugar.
Así que me fui.
Agaché las orejas y volví a donde todo empezó.
Le rogué a mis padres, por favor, que me dejaran tener un perrito, que yo lo cuidaría y le recogería las cacas. Aun así ni las lágrimas ni la madurez con la que esta vez, a mis 28 años, exponía mis argumentos sirvieron para reblandecerles el corazón.
Por fin ahorré para tener mi propio piso y, finalmente, lograr esa vida animalista que tanto soñé.
Pero en el último momento mi cuerpo tenía otros planes.
Fueron tres los días en los que me regocijé en mi nueva y feliz vida y en el cuarto, entre aullidos y ladridos, se oyó en el eco de mi habitación:
– Murió asfixiada. La alergia fue mucho más fuerte que su amor por los perros.