UNA MAÑANA CONFUSA
Roberto Gómez Ruiz | María Sarmiento

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UNA MAÑANA CONFUSA



Te descubrí esa mañana al despertarme y no fui consciente de que estuvieses ahí por la noche. Me pareciste joven y fresca y sorprendentemente ágil cuando me perseguías por la cama.

Esa noche había quedado con Laura a las diez. Me iba a presentar a Marta. Fermín llegó poco después.

Era una mañana de resaca y yo, mermado y torpe, me sentí molesto y confuso por tu inesperada presencia. Tú insistías, entrometida y vivaz, en acariciarme la piel. Decidí ignorarte y te esquivé para irme directamente a la ducha. Mis pensamientos perezosos me violentaban intentando esclarecer el final de una noche cargada de gintonics. Coincidimos, después, en la cocina mientras preparaba el café. Seguiste mis pasos y allí estabas, de nuevo, acariciando mi hombro y mi espalda. Te sentía como una incriminación punzante hacia el núcleo de mi memoria débil. Sin poder desentrañar ese irritante e impreciso recuerdo de la noche, me hundía en mi mala conciencia.

Durante el desayuno no te oí más que algún leve susurro, circundante y monótono que aumentaba el desasosiego, una abrupta manera de alterar mi silencio; mi único amparo. Te observaba desde el otro lado de la mesa. Te levantabas, girabas detrás de mí y desaparecías hacia la habitación de los invitados. Mi cabeza apoyada sobre mi mano y el codo sobre la mesa y la vista perdida hacia el bloque de la mantequilla y las miguitas de las tostadas que se habían quedado adheridas. Todo un deleite para ti. Si al menos recordara cuándo dejé a Laura y a Fermín y cómo llegué hasta casa…

Me visto y vuelves al dormitorio. Me acaricias las piernas mientras me pongo los calcetines. Otra vez tú, insolente. Te esquivo, retrocedes y vuelves. Llamaré a Fermín. Tal vez él se acuerde de algo. Ya estoy vestido y una capa textil, protectora, se interpone a ese contacto desazonador que buscas. Al menos has respetado mi espacio mientras me cepillaba los dientes. Cuando regreso a la cocina para fregar los cacharros del desayuno te encuentro mirándome, frágil pero segura, desde el cristal de la ventana que da a la terraza. Una nueva lanzada de reproche se filtra hacia mi cerebro acorchado. No lo soporto más. La bayeta verde y húmeda se propulsa con la fuerza de una ira incontenida. Y el acierto del azar… Un revoloteo en círculos sobre la encimera y ahí quedan tu cadáver y la desazón de tus caricias. Noto cierto alivio. También cierta pena. Te recojo por las patitas. Unas leves irisaciones de tus alas exhiben cierta belleza. Te deposito en el cubo y en la maraña de mi mente emerge un atisbo de condolencia. Qué resaca más mala. ¿Por qué no vino Marta? Voy a llamar a Fermín.