1122. UNA MOCIÓN DE CENSURA
Susana Mérida Jiménez | BesodeNube

Cuando se supo que el fallecimiento del exdignatario era inminente, periodistas del mundo entero solicitaron entrevistas privadas con el octogenario. Revistas, periódicos y programas de televisión pugnaban por conseguir la exclusiva del expolítico, extorero y acaudalado empresario, que un tiempo llevara las riendas y los intereses de España “con mano de hierro y corazón de capote”. “El toreador de la política”, como lo llamaba un conocido periodista radiofónico, vivía en su lujosa villa marbellí desde que se retirara del mundo político, que no del mediático.

Tenía el exmandatario el carisma que da el poder y la osadía que da el cinismo. Con hijos y amantes a partes iguales, gustaba fotografiarse en el porche de su residencia veraniega, rodeado de su prolija descendencia. Evento que era reproducido en gacetas, folletines y periódicos, que veían en este posado un consumado acto de generosidad, cercanía y sencillez. La esposa, treinta años más joven y de un país latinoamericano, posaba con Borja Cayetano de todos los Santos sobre sus rodillas. Flamante, sonriente, recatada. Asidua en los mercadillos solidarios, puntual en las misas solemnes y requerida en los eventos más exclusivos, la “potra venezolana” ponía un contumaz esmero en guardar un segundo plano, así como en llevar bailarinas cuando acompañaba a su marido. No era cuestión de empequeñecer a un hombre tan extraordinario, que había sabido ver en ella a la madre de sus hijos y a la esposa, rescatándola de una vida mediocre.

La muerte inmediata del popular expresidente había caído como un jarro de agua helada en un país donde las erupciones volcánicas, las pandemias y el paro hacían mella en una sociedad tan plural como dividida. Aun así, sabía que la prensa de su país cerraría filas en torno a él, en vista de tan luctuoso desenlace, por lo que era la ocasión perfecta para “morir matando”. Sus followers, expertos en desinformar, crear bulos y fabricar fake news, azuzarían a las masas, lo que facilitaría las presiones de las bases sobre los partidos, la admisión a trámite, la votación pública y la cláusula de castigo.

En su residencia, el expresidente y exmatador es acomodado frente a una abundante bandeja de productos ibéricos, rodeado de su gabinete de confianza, que gusta llamar su cuadrilla. Servido el vino de reserva, el longevo anfitrión emite un proverbial y no menos conmovedor discurso:
—Muy señores míos: en un mes haremos historia. Una moción de censura dará paso a un nuevo gobierno de coalición, encabezado por nuestro partido. Llamado a restablecer la cordura de un país a la deriva, de recuperar los valores de antaño y de poner fin al vicio y al libertinaje. Dicha maniobra me conferirá estatus de mártir y carácter divino. Seré el primer mártir torero de la historia, la faena perfecta.
—¡Por el nuevo Cristo Rey!
Vitorearon.
Al día siguiente, una noticia de sucesos conmocionaría a todo un país: “Muere el expresidente a los ochenta y cuatro años en su domicilio, atragantado con una loncha de jamón”. DEP.