UNA MUJER
Beatriz Fernández-Bermejo | DOMUS AUREA

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El primer día que conocí a una mujer me quedé desconcertado.

Por supuesto, mis cuarenta años los había exprimido bien: había conocido chicas y tenido novietas, novias, amigas, muñecas y marionetas con las que había jugado y a las que había manejado a mi antojo.

Sin embargo, esta vez fue distinto; lo supe en cuanto entró por la puerta, y con el paso firme y pisando fuerte, se dirigió hacia mí. Con ella entró una bocanada de seguridad y un perfume de libertad al que no estaba acostumbrado. Me encontré frente a frente con un igual muy superior, mucho más inteligente, perspicaz, vivo, divertido y encantador que yo. Este tipo de espécimen digno de admirar: una mujer.

Desenvuelta en la barra del bar, me devolvía una a una todas las bolas que le lanzaba, y yo, no habituado a rivales, ni a recibir, terminé por admitir una derrota ante la mirada divertida y la sonrisa pícara de esta –mujer-.

Repasado el mundo y repasado yo, nos despedimos.

Me volví a casa entre fascinado y descompuesto. Por el camino fui analizando meticulosamente toda la cita. Advertí que las riendas que siempre me jactaba de llevar, me habían sido arrebatadas sutilmente por una jinete hábil, y para mi frustración, de manera natural, sin pretenderlo.Absorto en mis pensamientos, me puse el pijama, me lavé los dientes, y al quitarme las lentillas, de refilón, vi mi figura en el espejo. Hasta ahora no me había advertido, pero ahora fui consciente de mi reflejo, y de mí.

Me tomé tiempo para observarme. Me miré. Me escudriñé. Me interpelé. ¿Qué me pasaba? Había conocido a una mujer espléndida; ¿por qué no estaba contento? Yo le había gustado, estaba seguro. Entonces, ¿qué era? Seguí mirándome y advertí una sombra de duda en los ojos. ¿Acaso dudaba de mí? Mi yo interior me repetía: “esa mujer me ha puesto en jaque; sin saberlo, me ha leído la cartilla”. Afiné más la mirada. Había duda y orgullo herido. Intenté poner un poco de razón en este chorro de sensaciones. ¿No sería una percepción mía? Que yo me sintiera derrotado, ¿tenía que ver conmigo o con ella? Volviendo a repasar lo ya cien veces desgranado, di en lo que más me dolía: toda ella, su despliegue, esa esencia que destilaba, su gracia, su desparpajo, o su mirada inteligente no eran para nada pretendidas: ella era así. A diferencia de mí-, ella no había actuado, no se había molestado en tomar una pose ni en jugar un papel. Ella era natural. Rebosaba autenticidad por los cuatro costados. Donde yo aparentaba, ella era.

Frente al espejo me reconocí que ella era lo que yo en realidad quería ser, y pretendía. Puesto que yo no podía ser quien no era, entonces, ¿por qué no tenerla a mi lado, admirarla, deleitarme y aprender? Detrás de un gran hombre siempre hay una gran mujer. ¿Podría ser al revés?

Me miré fijamente. Sabía la respuesta: por encima de mi cadáver. Mejor seguir jugando a las muñecas.