Una noche de junio, dos cascos y tres caricias
Rosa María Paris Portero | Rosa

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Mi primer día en Tinder, que me instalé en un arrebato de “soy una chica moderna a la que le encanta el sexo casual”, no tenía claro qué buscaba en un hombre ni física ni emocionalmente. Mi lista de matches se convirtió entonces en un popurrí de abdominales, motos y viajes a Tailandia. Mi primer match, David, abrió nuestra conversación con un corazón rojo.

Y dos semanas más tarde… Nos vimos.

David era despreocupado e indeciso y cubría su inseguridad con una gruesa capa de sonrisas arrebatadoras, miradas sucias y preguntas sin rodeos. Conducía una moto de soltero intencionado y, a nuestra primera cita, llevó dos cascos porque su falta de confianza le susurró que sin su moto su atractivo no alcanzaba ni la mitad.

Quedamos un sábado sobre las ocho y media en mi calle. Apareció a las diez; tarjeta roja. Me gustó su pose de espaldas, apoyado en la fachada de enfrente buscándome con la mirada en la dirección equivocada. Le sorprendí acariciándole el hombro con un reproche de bienvenida: “Más de una hora tarde, chaval”. Y sonrisas.

Era el tipo de chico con el que las carcajadas estaban aseguradas, y yo me adentré en su juego como una entra en el mar después de tres horas tostándose al Sol.

Cenamos con vino y me habló de su trabajo, de su familia, de su carencia afectiva paterna, de su inconformismo y de sus dos temas estrella: ambición y ansiedad. Cuando había mencionado ambas cosas quinientas ochenta y cuatro veces, a mí se me encendió una luz roja de alerta colosal, pero decidí comerme una croqueta y pasarlo por alto. Mientras la masticaba, deliciosa, me lo imaginé desnudo y decidí pasar también por alto que pensase que tener un coach de desarrollo profesional era lo mismo que ir a terapia.

Cuando llegamos a su moto, me abrochó el casco y me dijo que tenía ganas de besarme. Tranquilo, Mario Casas. Me acarició la pierna en un semáforo y por un momento sentí que aquello podía salir bien. Más tarde, nos besamos como dos adolescentes en el mirador del Templo de Debod e hicimos lo que se esperaba de la situación: Tontear y meternos mano animados por el vino y el fulgor de las noches de verano.

Ya en mi casa, descubrí que era un chico cariñoso, muy apasionado, que gime mientras besa. Rebozándonos en caricias y miradas, me habló del futuro.

Dos semanas más tarde, sentenció que necesitaba encontrarse a sí mismo y a día de hoy, seguro que piensa que suspiro por él. Sí que suspiro, sí: De agotamiento. David, si finalmente te encuentras, por el amor de Dios: Átate un pedrusco en los tobillos y arrójate al Manzanares.

Me río acordándome gracias a la perspectiva que da el tiempo. Jamás olvidéis que a las personas adecuadas no hay que pedirles que se queden. Supongo que es más práctico y duele menos ir catando versiones de prueba que quedarse un rato para la versión premium.