UNA NOCHE DE PRIMAVERA EN ENERO
Patricia Nava García | Angela Hoc

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Recorría el camino nerviosa. Habían quedado en aquel bar, lo había propuesto ella, intentando calibrar si sería el lugar adecuado para ese encuentro. O debería decir cita… No se atrevía ni a pensar en aquella palabra, ya que no podía tratarse de una cita, ella tenía pareja. Pero ¿a quién quería engañar? Iba a ser una cita. Y había fantaseado ella mucho con aquella cita. Sabía que deseaba tocarlo, besarlo… y descubrirlo. Descubrirlo como quien hace un viaje y descubre un nuevo destino, quería conocer sus secretos, saber todo sobre ese hombre que se había colado en sus pensamientos, por mucho que tratara de no admitirlo. Había sido algo sutil, es lo que ella solía decirse. Podía parecer que tuviera interés en ella, o quizás simplemente era muy agradable con todo el mundo. Pero aquí estaban ahora, iban a verse fuera del trabajo por primera vez. ¿Tendría que cuidarse de no insinuar sus intenciones? ¿Le contaría que tenía pareja? Había decidido que sí. Contradictorio, querer besarle y a la vez estar dispuesta a informarle de que no podía hacerlo, que había otro esperándola en casa. En definitiva, que aquello que tanto ansiaba, no podía ser.



Llegó a la calle de Malasaña donde se habían citado. Lo vio y sintió que la primavera florecía en su estómago. Está aquí conmigo y es real. Bebieron unas cervezas para intentar acallar esa sensación a primavera y poder sostenerse la mirada. Hablaron de cosas de las que no les costaba hablar, “habrá buena nieve este fin de semana, lo he mirado…” “Lo ha mirado”, pensó ella, y quiso interpretar el gesto como una señal de interés. Pierde la cuenta de lo que han bebido, pero las mariposas parecen haber abandonado su estómago y de repente pueden mirarse a los ojos. Y de repente también pueden hablar de todas esas veces que algo que parecía sutil, quizás no lo era tanto. Y entonces se lo dice, tal y como se ha prometido a sí misma, le habla de él, de su novio, “creo que tú ya lo sabías”. “Creo que lo sabía sí, pero a la vez no quería saberlo”. “¿Puedo darte un beso?” Ella sabe que esto sale de su boca. No lo ha pensado – ahora – pero lleva meses pensándolo. En la posibilidad de besarle.



Para su sorpresa, él responde que sí, y ella le besa. Y es en ese momento, en el que ella sabe que está perdida. Intuye que ahora que ha actuado esos pensamientos, no sólo no logrará acallarlos, sino que van a abrumarla aún más. ¿Por qué lo ha hecho? Porque ella también quiere significar algo para él, más allá de una idea, una fantasía, de algo que nunca sucederá. Pero, ¿ahora qué hago?, piensa. No solo lo piensa, parece que lo dice. “Vivir”, contesta él.