UNA NOCHE DELICIOSA
ERNESTO PÉREZ ESTEVE | HÉRCULES

Votar

Se muere un amigo. Unos matones le destrozaron la cabeza con un bate en su casa. Solíamos salir asiduamente la pandilla con las chicas a comer, cenar, viajes, escapadas y lo que se tercie. Yo ya me divorcié hace un tiempo y era el único verso suelto que me movía con las cinco parejas. El caso es que mi amigo ha dejado a Berta, su hermosa mujer, viuda.

Al morir mi amigo, lo quería y lo sentí mucho, y aunque sé que queda mal, para mí se abrió la oportunidad de ser algo más que un amigo para Berta. Ella siempre me ha gustado. Y yo no le caigo nada mal. Congeniamos mucho y tenemos gran complicidad.

Sin embargo, al poco tiempo de su viudedad, demasiado reciente para mi gusto, ya que no me dio tiempo a actuar, Berta aparece con un novio a una cena con la pandilla. Joven, guapo y con pasta. Pero por el poco tiempo transcurrido y por sus actitudes prepotentes, los colegas tenemos la mosca detrás de la oreja. Es un chulazo y se le ve que va a por todas. Ella se deja adular, es presumida y eso le gusta, pero va un poco a remolque, como conteniéndose. Está seria. Se la ve incómoda.

Los amiguetes tampoco estamos nada cómodos. La arrogancia y estilo del sujeto, rayando el mafioseo, nos da una consistente pista sobre el brutal asesinato de nuestro amigo. De hecho, es la primera, ya que la policía no parece muy involucrada en el esclarecimiento de los hechos.

Así que los amiguetes urdimos un plan en el que yo tuve bastante participación. Por no decir toda.

Fingí tener una amiga con rollete ya avanzado y tuve el gusto de invitar a cenar en mi casa a mi viuda favorita y a su asqueroso novio. Así, en parejitas, los cuatro.

Me las ingenié para que el susodicho viniera media hora antes que mi amada viuda.

Todo fue bien con el imbécil del novio de mi amor. Se sorprendió de ser el primero, pero le justifiqué con milongas la tardanza de las dos chicas. Le serví una copa de mi peor vino (de cartón, vaya) y procedí según el plan establecido. En general, se puede considerar que, aunque tuvo lugar una situación algo confusa (sobre todo para él), todo transcurrió aceptablemente dadas las circunstancias.

Luego, sin apenas tiempo para solucionar limpiamente el conflicto mantenido con su novio, escuché el timbre que, sin duda, anunciaba la llegada de Berta.

La recibí a puerta gayola con un vinito, esta vez del bueno, y se extrañó, ella también, de encontrarme sólo. Pasé cierto apurillo cuando comprobé que había dejado sin limpiar una mancha roja en el suelo. Berta me miró divertida (mejor así, pensé) al verme desplazar disimuladamente unos centímetros mi sillón favorito para tapar la sospechosa prueba.

Pero enseguida la distraje con mis irresistibles arrumacos. Disculpé la ausencia definitiva de los otros dos y pasamos una velada realmente deliciosa.