Una noche inolvidable
Miguel Ángel Nava Sanz | Miguel A. Nava

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Le picaba el cabello, la cara, el cuello, los brazos, el pecho, la espalda, la cintura, las caderas, los muslos y las piernas. Pero no quería moverse, estaba quieta como una estatua. No iba a arruinar todo el tiempo empleado en su peinado, en su maquillaje y en su vestido por tratar de aliviar el picor que le bullía por el cuerpo. No recordaba haber estado tan nerviosa en su vida y, sin embargo, estaba deseando llegar.

En el asiento de delante el conductor, un chico joven, moreno, con la barba recién recortada, tenía problemas para mantener la vista en la calle y no distraerse en el espejo retrovisor. Tras tanto esfuerzo era agradable saber que estaba radiante y que las miradas no podían escapar de ella. Aunque tanta atención era parte de la ansiedad que sentía y que le impedía casi respirar, sabía que era importante. Esa noche tenía que deslumbrar.

El coche avanzó por las calles, ella era ajena a la ruta que llevaban. En algún momento el conductor le preguntó si quería escuchar música o la radio, pero ella no entendió la pregunta y contestó asintiendo levemente con la cabeza. El chico intuyó el nerviosismo de la joven y puso un poco de música suave, melodías de piano, tratando de crear un ambiente relajante. Pero ella era incapaz de tranquilizarse. Aquella era la noche más importante de su vida.

Su ansiedad acabó por contagiar al chico, que intentó entablar una conversación. Su voz titubeaba y sus frases eran incoherentes. Ella apenas contestaba con monosílabos. Su mente estaba en otra parte.

Si, iba muy guapa. No, aquella noche era la primera vez. Sí, estaba muy ilusionada. No, no sabía que iba a pasar. Ella apenas sabía que le preguntaba ni que debía o no decirle.

En seguida el vehículo quedó en silencio, salvo por los suaves acordes que emitía un piano, bajo el cual se podían oír los martillos subiendo y bajando al presionar el intérprete las teclas.

Sin ella darse cuenta, habían llegado. El conductor se bajó para abrirle la puerta. La noche le golpeó con un frío helador y sus oídos se embotaron con el ruido de la calle. El chico le ofreció una mano mientras le deseaba buena suerte y ella, más por instinto que por consciencia, se agarró a él y bajó del coche. Ya no podía darse la vuelta.

Un muro de flashes le golpeó en la cara. Cientos de voces gritaban su nombre y le pedían que se acercara. Algunos agitaban su micrófono intentando saber sus impresiones. Otros agitaban fotografías suyas para que las firmara. Se puso la cara de sonreír y empezó a saludar a los admiradores y a los periodistas. Si, estaba muy contenta de estar nominada.

Muchas gracias, sin el cariño del público ella no estaría allí. Bueno, las otras nominadas eran todas muy buenas. El vestido era de un diseñador local que se lo había prestado. Sí, estaba muy contenta de ir a su primera gala de cine.