252. UNA NOCHE
Javier Vázquez Losada | Amory Blaine

Una noche

Amory Blaine

El viento parecía querer llevárselo todo, tal era la fuerza con la que soplaba aquella noche.

Por alguna extraña razón estaba absorto contemplando los efectos de esa fuerte corriente de aire sobre la ciudad. O, al menos, sobre aquella parte de la ciudad que se podía divisar desde mi terraza. Las ramas de los árboles del parque estaban a punto de quebrarse y parecía no haber vida ni humana ni animal que hubiera salido a la calle esa noche.

Ya digo que el viento soplaba de lo lindo cuando ese mismo viento, ese mismo aire violento y terrible trajo a mi casa a Sofía.
Así apareció, traída por la corriente, aterrizó como pudo en mi terraza y entonces, Sofía no se presentó ( es después cuando me dijo su nombre) pero lo que sí hizo fue darme su primera orden.

—¡Entra en casa! ¿A quién se le ocurre estar en la terraza con el viento que está soplando?

Sofía miró el salón. Lo miró atentamente. No dijo nada pero se adivinaba un claro gesto de reprobación en su mirada. También resopló y chasqueó los dientes en un gesto que parecía recitado de memoria.

Aún así, siguió sin decir nada, pero, al día siguiente, yo ya supe con claridad lo que tenía que hacer.

Aspiré a fondo,pasé el polvo a los muebles, ahuequé los cojines del sofá y limpié los cristales de las ventanas. También cambié una bombilla que se había fundido y no sé cuántas cosas más.

Empecé a cuidar más mi aspecto; adelgacé, me compré ropa nueva (sobre todo pantalones y zapatos) y volví a usar colonia, cosa que no hacía desde el instituto. Me suscribí a una revista de arte y empecé a coleccionar música operística. El primer volumen de la colección era La Sonámbula, de Vincenzo Bellini. Eso le daba a la colección un aire más exclusivo, al menos eso es lo que decía Sofía que era la verdadera entendida en la materia.
Un día, al llegar de la oficina, me encontré a Sofía tirada en el sofá, algo que era bastante habitual en ella. Me fijé en que había engordado mucho desde que apareciera en mi terraza. También había descuidado su aspecto y su pelo olía a pescado frito.

Llevaba puesto un jersey mío, uno bastante antiguo, marrón, de angora, con el cuello caja.

Ella me observó a mí también. Antes de que yo pudiera decir nada me afeó que llevara los zapatos sucios.

Ya me había acostumbrado a tener a Sofía en casa, sí. Mis amigos estaban de acuerdo en que me veían cada vez mejor, más centrado en mi trabajo, más delgado, también mejor vestido.

Dicen que soy un hombre nuevo, alguien mejor. Pero yo sólo pienso en romper el candado que Sofía ha puesto en la puerta de la terraza para sacarla de aquí una noche en que vuelva a soplar un aire tan terrible.