1111. UNA NUEVA ACTITUD
Edgar Costas Sanmartín | Cesar Gostad

Empecé el día abriendo los ojos para descubrir que no los había abierto en absoluto. Quiero decir que fui consciente de abrirlos pero la oscuridad perseveraba. Eché la mano con miedo a lo que pudiera descubrir, pero al tocar mi cara no encontré nada. Nada en absoluto. Mis dedos recorrían una superficie lisa sin hendiduras ni señal de haberlas habido nunca. No podía creerlo. Sentía que movía los ojos, el pestañeo, incluso el aire entrando por mis fosas nasales, pero al buscar todo eso solo encontraba aquella carne sin rasgos.
Atravesé la habitación a ciegas y pateé la esquina de la cómoda con la pericia que me caracteriza. Alcancé el baño entre saltos de dolor y alargué el brazo para tocar la bombilla. Sentía el calor lamiendo las yemas de mis dedos pero por más que acercaba la cara al cristal incandescente, nada.
Grité aterrorizado y mi compañero de piso se presentó corriendo en la habitación.
—¿Por qué gritas?—dijo.
—¿No lo ves? ¡No tengo cara!
—¿Y?
Se esforzó en calmarme y hacerme ver lo exagerado de mi conducta.
—Miles de personas se despiertan a diario sin rostro y no montan este escándalo. —aseguró— Lo arreglaremos.
No podía entender aquella actitud relajada, así que me dejé hacer. Entretuvo los siguientes minutos en dibujarme una suerte de máscara con maquillaje que habíamos guardado del carnaval. He de decir que, pese a sus carencias como ilustrador, el resultado debió de quedar bastante apañado porque descubrí que podía ver a través de aquellas pupilas dibujadas, lo que no es poco decir.
De camino al trabajo nadie pareció advertir mi condición de garabato e incluso me sorprendí al cruzarme con no pocas personas que también lucían rostros dibujados. Me pregunto cuánto llevarían así y cómo pudo haberme pasado desapercibido durante tanto tiempo.
Ya en la oficina, la mañana se desarrolló sin más contratiempos hasta que a media jornada mi jefe me hizo llamar a su despacho.
—¿Cómo va todo, Ramiro? —me preguntó.
—No me puedo quejar.
—Buena actitud. Te preguntarás porque te he hecho venir. Llevas ya casi diez años con nosotros.
—Once, de hecho.
—Ahí lo tienes. Sospecho que nunca hemos recompensado debidamente tu fidelidad. Necesitamos a más gente con ese…… espíritu inquebrantable que muestras. ¿Te interesaría un ascenso?
—Mucho.
—Estupendo. Hoy mismo me pondré con el papeleo. Puedes volver al trabajo. Sigue así.
Volví a mi mesa preguntándome qué podía haber pasado para que aquel hombre gris, siempre tan indiferente a mi presencia, cambiara tan drásticamente su actitud. Claramente, alguno de los tonos pastel que mi compañero había escogido para mis cejas influía en la percepción que los demás tenían de mí. Decidí entonces sacar el máximo partido a mi nueva condición y de camino a casa me hice con un equipo de maquillaje profesional.
Me voy acostumbrando. Cada día escojo cuidadosamente tonos acordes a las tareas programadas y siempre me aseguro de que los labios muestren una sonrisa sutil. Todo el mundo parece muy satisfecho con mi nueva actitud. Incluso mis padres dicen que se me ve más feliz.