1285. UNA PIEZA DE MUSEO
JANE HERRAIZ | ziarreh

Matilde se afanaba para tener todo listo para cuando volviese su nieto del trabajo, aunque no era fácil manejarse en una cocina donde los fogones no se prendían con una cerilla sino apretando un círculo y la despensa tamaño vestidor se ocultaba tras una de las docenas de puertas de laca seda que cubrían las paredes. Dio gracias a la Virgen del Socorro por el medio kilo de lentejas y dos chorizos de la última matanza que había traído consigo del pueblo, porque era evidente que su nieto se nutría a base de latas con etiquetas indescifrables. Tras una intensa búsqueda había conseguido localizar una cuchara de madera sin estrenar y la lenta cocción el guiso empezó a dar sus resultados perfumando la casa.
Al escuchar las llaves en la puerta Matilde acudió al encuentro de su nieto, estaba deseando que le contara su día como nuevo Director del Museo Nacional de Antigüedades. Lejos quedaba aquel escuálido mozalbete que corría detrás de las cabras, aún así Matilde le achuchó como antaño feliz de notar que su nieto inspiraba profundamente el aroma de la buena comida que le esperaba.
—No he olvidado el plato favorito de mi nieto, con una ramita de tomillo del monte.
Matilde se acercó a la vitro cerámica y presionó la luz roja de apagado. Sobre la mesa de cristal junto al ventanal había dispuesto un par de platos aunque seguía sin encontrar el cucharón para servir.
—Abuela… ¿no habrás visto una pieza de cerámica que había junto a la televisión?
Su nieto se había quitado la chaqueta y estaba frente a una pantalla rectangular colgada de la pared ¿Así que eso era la televisión? A ella que le había parecido una de esas obras de arte contemporáneo cuyo significado solo conoce el autor.
—Es una pieza de cerámica con tulipanes azules pintados a mano, del siglo XV de la Corte Francesa —insistió su nieto que seguía buscando a su alrededor.
Matilde que estaba a punto de santiguar las lentejas se quedó paralizada sosteniendo la cuchara de madera en alto sobre el guiso que borboteaba en un campo floral. En su bolsa de viaje no había cabido la cazuela de barro, lo había intentado, bien sabe la Virgen del Socorro que ni llenándola con sus enaguas había conseguido meterla en su equipaje. Cómo podía ella imaginarse… en aquella casa… que desde el sofá del salón alcanzabas abrir la nevera y que cuando picabas cebolla podías verte las lágrimas en el espejo de la entradita, porque no encontrar una cazuela adornada con tulipanes azules junto a un absurdo cuadro negro. Sintió como sus rodillas comenzaban a rechinar al igual que el tono de voz de su nieto.
—Abuela ¿seguro que no la has visto? Es una pieza muy antigua, de gran valor, la más importante de una exposición que inauguramos mañana en el museo, una exposición de orinales.