166. UNA PRESENCIA EN EL ASIENTO TRASERO
Francisco Javier Guerra del Río | Giacomo Negroponte

¿Qué por qué no arreglan de una puñetera vez aquel punto negro en la circulación viaria? No se sabe; unos dicen que es responsabilidad del MOPU, otros que es munícipe. Y entre unos y otros, la casa sin barrer, acrecentándose la lista de fallecidos en accidentes de tráfico.
Lo último que quería era encontrarme, al doblar la curva, con la muchacha fantasma que algunos han jurado haber visto por aquellos lares. Sí, me refiero a la celebérrima muchacha de la curva, que debe disponer de un franquiciado, porque son muchas las que, a idénticas e intempestivas horas y en distantes lugares, han sido vistas, incluso en días feriados, siendo patente lo abnegado de la profesión de fantasma de carretera.
En verdad los conductores no deberíamos temer tal aparición: al fin y al cabo se manifiesta para aconsejar que no corramos en esta curva con el peralte dañado. Pero lo que la joven fantasma no comprende es que el aparecerse así, de golpe, con su afantasmado aspecto es, paradójicamente, lo que puede provocar la tragedia. ¿No sería más razonable que concertara citas previas para dar charlas al respecto, preferiblemente por videoconferencia, mediante la ouija o en el programa de Iker Jiménez, Cuarto Milenio?
Parece ser que la muchacha de la curva imparte sensatas recomendaciones viarias al conductor. Después aclara que en ese paraje por el que están pasando justo en ese momento, se mató ella hace años; entonces el escalofriado conductor, mira atrás, porque la fantasma siempre ocupa el asiento trasero, se desconoce la razón de tal manía, aunque tal vez sea porque se marea delante y no es probable que un fantasma lleve encima una caja de Biodramina. Mira atrás, decía, pero ya no está: desapareció, se esfumó, se las piró dejando cagado al conductor.
Dejé atrás la curva de marras y afortunadamente, no apareció la muchacha. Respiré aliviado y decidí parar en un bar de carretera a tomar algo.
Tras unas cuantas copas retomé el viaje.
Cuando llevaba recorrido algunos kilómetros, sentí una presencia en el asiento trasero.
La presencia me habló, pero no con voz fémina, como esperaba, sino con voz gutural y cavernosa.
Miré por el espejo retrovisor y vi en el asiento trasero a un encapuchado. Supe que era la muerte la que me señalaba con la falange proximal del dedo índice.
—Tempus est— dijo la canina, que viene a significar una vez traducido del latín, que es la lengua vernácula de la muerte, que llegó mi hora: ¡que me la pegaba, vamos!
Perdí el control, me salí del carril y me estrellé violentamente contra un árbol. El coche quedó envuelto en llamas.
Los lugareños consiguieron sacarme del vehículo. Afortunadamente, solo tenía algún rasguño, pero mi acompañante quedó hecho fosfatina. Juré que era la muerte la que iba en el asiento trasero, pero todos pensaron que estaba conmocionado por el accidente o, más probablemente, borracho: de hecho mi aliento apestaba a alcohol.
Todos convinieron en que debía tratarse de un campesino, ya que portaba una guadaña.