260. UNA SEGUNDA VIDA
Eva Enríquez Galiano | Arya

Ayer, 19 de febrero de 2003, murió mi hermana melliza Lara, a causa de un horroroso cáncer de colon. Se lo detectaron hacía seis años y medio, y el tratamiento pareció dar resultado, pero por poco tiempo. Al siguiente año de que le detectasen la enfermedad, mi hermana vencía temporalmente al cáncer.
El día que dijimos adiós al hospital con olor a muerte, comenzó la segunda vida de Lara.
Al parecer, ella se habría enamorado del que era el enfermero en prácticas de la médica que la trataba durante el tiempo en el que estuvo hospitalizada por primera vez. Así que, hice todo lo posible por concertar una cita entre los dos. Jaime, que así se llamaba él, accedió. Hoy no sé si lo hizo por compasión o porque de verdad quisiera, pues claro que rapada, lo cierto es que mi hermana había perdido una gran parte de su encanto, su pelo, que era lo que a los dos nos hacía ser hermanos a los ojos de los demás. Ella se convirtió en la niña más feliz del mundo. Aunque el cáncer la debilitara físicamente y le hiciera haber bajado sus defensas, no le había vencido psicológicamente. Gracias a su gran corazón venció la batalla psicológica, la cual sería peor que la física. Lara me decía que los médicos le habían regalado una segunda vida, y no la iba a desaprovechar, así que hicimos de los que, aunque ella no lo sabía, eran sus últimos días, los mejores de su segunda vida.
Jaime se prestó a quedar con ella en más de una ocasión, y la llevábamos a menudo a bailar y a cantar a sus lugares favoritos. Fuimos a la playa, a la montaña, a pasear por los lugares más bonitos y desconocidos de Málaga, y leímos todos los libros de la biblioteca de mamá, pues a ella le encantaba leer.
Pero la vida que a ella creía crecerle, a mí se me apagaba. El día en el que le dieron el alta, fue uno de los más difíciles de mi vida. Mis padres me dijeron que le daban el alta porque le quedaba un mes de vida y nos la llevábamos a casa para que pudiera disfrutar de su tiempo restante de vida con nosotros. Ella no lo sabía entonces, y yo saqué fuerzas de donde no tenía para hacer de ese mes doloroso el mes más feliz que hubiese vivido.
Mi hermana se moría, y ella pensaba que ese era el inicio de su segunda vida. Pensamos que Lara pudiera haber tenido un desenlace diferente al que nos habían advertido, pues el destino fue generoso y nos hizo el mayor regalo de nuestras vidas: tenerla durante cinco años más de lo previsto.
– Te voy a echar mucho de menos hermano. Espero que tengan hamburguesas allá donde vaya.
– Pues claro hermana, y kétchup también.
Gracias a ella supe que tenía que seguir adelante, tenía que vivir dos vidas, la mía y la suya.