UNA SOLA PALABRA
Rosa Poveda Alfonso | PICHONA94

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Confieso estar intranquila y no me avergüenzo de ello. La timidez deriva de que llevo días preparándome para conocerlo: ¡se acerca el día del encuentro!



Os explico. Llevaba tiempo soñando con él, concretamente en cómo sería nuestro primer encuentro. Y es que Carla me había hablado tanto de él, que al final caí rendida a sus encantos antes incluso de conocerlo (en vivo y en directo). Porque sí, yo le conocía y no solo por fotos. Y estoy segura que a él, Carla le había hablado de mí sin presión alguna (o al menos eso fue lo que me aseguró nuestra amiga en común) para ir “allanando el terreno”.



Sabíamos lo importante el uno del otro: nuestras historias tortuosas en el pasado, nuestros gustos favoritos, nuestros quehaceres diarios, nuestras virtudes, nuestro carácter y también nuestros defectos. Y lo que me gusta es que aun con estos, estamos deseando conocernos. Es más, al ser sincera, yo estaba deseando que funcionara (aunque pueda sonar desesperada). Pero creo que podríamos cuajar y ser un codiciado match.



Para prepararme mentalmente, me había comprado un libro, uno de esos en formato autoayuda, con la idea de que nuestros corazones latieran rítmicamente, aunque yo sabía por experiencias pasadas que lo importante no son las películas que yo me pudiera crear en mi cabeza, sino que lo fundamental son las sensaciones reales producidas, es decir, la química que surge en el ambiente. Había comprado incluso un atuendo a estrenar esperando causarle buena sensación. La idea cuando lo compré era ir adecuada, pero conservando el ropaje. Que la impulsividad, de surgir la magia entre ambos, no acabara con mis nuevas adquisiciones en la basura. Y es que rememorando a mi abuela: “Uno nunca sabe el punto pasional del otro”.



Lo normal sería quedar en un lugar tranquilo, pero con algo de gente, ya sabéis recomendaciones obvias por los peligros que puedan llegar a acontecer, traducido por la sensatez de mi abuela en la siguiente expresión: “por lo que pueda pasar, muchacha”. Sin embargo; en esta ocasión, el punto de encuentro era la casa de Carla. El cálido hogar que ambos conocíamos y necesitábamos para reducir los niveles de ansiedad.



Llegué antes de la hora acordada (raro en mi impuntualidad) y mi amiga ilusionada me invitó a pasar al salón. Y entonces le vi allí encogido, quizás un poco asustado, motivos por los que decido acercarme a él con delicadeza para saludarle con un abrazo. Es mientras voy escuchando rugir a mi cabeza todo lo que mi corazón quiere transmitir cuando él me sorprende, interrumpiendo todos mis pensamientos, al dirigirse hacia mí, mirándome fijamente con sus amplios ojos somnolientos, despegando su pequeña boca de entre sus bigotes y pronunciando de manera sutil y delicada la única palabra en la que se sabe comunicarse con las personas: MIAU.