1579. UNA TARDE CUALQUIERA
Laura Arenas Morán | LAW

Era una tarde de miércoles como otra cualquiera, y como cada miércoles, había que visitar a la abuela. Mi madre y yo vivíamos a unos cinco minutos de su casa, y siempre cogíamos el mismo recorrido por el que habíamos pasado mil veces. Una vez más, salimos del portal, giramos a la izquierda y pasamos por el bar Canadá, que antiguamente era un cine, allá por los 70. A mi madre le gustaba contarme ese dato curioso que, aparentemente, no tenía mucho ni de dato ni de curioso. Y es que una anécdota deja de serlo cuando se cuenta más de una vez. Ahora era uno de esos bares de chocolate con churros que ya escasean. Seguramente, en el futuro, me tocará también a mí recordarlo con nostalgia, cuando vea que se ha convertido en una tienda de hologramas. Y diré, ‘hijo mío, esto antes era una cafetería, donde se comían churros y no muffins de arcoíris, como ahora. Y antes de eso, era un cine.’ ‘Si hijo, antes la gente iba a un sitio oscuro a ver películas. Es raro, lo sé. Ahora se lleva lo de los hologramas esos, que sí hijo, que sois muy modernos todos’.
El caso es que seguimos por la calle de la Laguna. Al final del todo, llegamos a un desnivel. Había unas escaleras con cuatro peldaños y una rampa cercana a la carretera. Entre ambas siempre había habido una valla de hierro que las separaba. Nunca entendimos muy bien qué pintaba ahí. Parecía como si la hubiesen puesto porque sí. Hasta aquel día. Vaya si lo entendimos. Decidimos bajar por las escaleritas en vez de por la rampa, también porque sí, porque el destino es así de caprichoso.
Un estallido sordo sonó a escasos metros de nosotras. Mi madre, en un puro acto instintivo-maternal, extendió sus brazos intentando rodearme lo más que pudo. Fue algo parecido al sonido de una bomba, sin haber escuchado nunca cómo suena una bomba, más que en las películas. Se suele decir que toda tu vida pasa ante tus ojos. Pues no. Eso lo inventaron los yankees porque quedaba más poético en la ficción. Mi madre no sé, pero mi mente se quedó en un absoluto fundido en negro. Nos quedamos con los cuerpos aún encogidos, echamos un vistazo alrededor y la cara de pánico de mi madre era un poema. Lo primero que hice fue palparme el cuerpo de forma instintiva para ver si me dolía algo. Qué egocéntrica.
No hubo bomba ni historias. Un coche había dado un mal giro a toda velocidad, invadiendo la rampita de la acera. Aquella valla de hierro, ahora reventada, fue nuestra salvadora. El airbag de aquel capullo también le salvó, pero poco nos importó si se había hecho pupita o no.
Solo sé que, a partir de ese día, mi madre volvería a poder contarme que el bar Canadá antes era un cine y yo podría contarles mil mierdas a mis futuros hijos, o a mis gatos, quién sabe.