Una única cita
Rosa Isabel Cándido Mateu | Bélisa Saro

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Había intentado ya un par de veces tener una cita con ella. Imaginaba cómo sería tenerla ante mí, sentir su presencia, envolverme en sus brazos y dejarme llevar.

Pero en ambas ocasiones, en el último instante, sentí que regresaban las dudas, las inseguridades, el miedo, y fracasé en mi propósito.



Siempre fui un cobarde.

Sin embargo, estaba convencido de que esta vez iba a ser diferente.



Nunca le hablé a nadie de mis anhelos, no lo entenderían.

Jamás supo nadie de mi afán por permanecer por siempre a su lado. Las personas cercanas a mí se habrían escandalizado. Aunque me daba igual: tenía mucha gente alrededor, pero me sentía absolutamente solo.



Eso iba a terminar por fin.



Dediqué varias semanas a planificar mi encuentro con ella, imaginando todos los escenarios posibles, previniendo todos los contratiempos que pudiesen surgir, preparando en mi mente la cita perfecta.

Llegué a la conclusión de que el mejor entorno era mi apartamento. Allí, en la intimidad, me sentiría más seguro, apartado de miradas ajenas, y donde sabía que nuestro encuentro sería algo sublime, lo presentía.

Preparé todo con mimo, no quería que faltase detalle alguno: el mantel de lino bordado, mi mejor vajilla, un jarrón con flores en el centro de la mesa…

La mejor botella de vino que pude comprar estaba descorchada ya, para que se oxigenase un poco y percibir mejor sus aromas. Mi plato favorito reposaba en el horno.

Busqué entre mi colección de CD’s algo adecuado, música suave y envolvente que ayudase a crear el ambiente perfecto.

Bajé la intensidad de la luz desde la aplicación de mi móvil, y encendí todas las velas, una a una, sin prisas.



Me serví una copa de vino, saqué la lasaña del horno y la llevé a la mesa. Partí una porción generosa, la coloqué en el plato, y comencé a cenar.

En la tercera copa de vino supe que era el momento, mi momento.

Me dirigí al baño, y mientras la bañera se llenaba de agua caliente, aromatizada por las sales de lavanda, me desnudé con lentitud. Doblé la ropa, y la dejé sobre el cesto.

Entré en el agua, pausadamente, y supe que esta vez sí…

Cuando la cuchilla tocó mi muñeca, no lo dudé ni por un instante, no hubo vacilación alguna.



Y ahora la siento, ella se está acercando.

Mientras el agua se oscurece más y más, me empieza a abrazar con dulzura y me acuna en su regazo. Ha venido a nuestra cita, ha acudido en mi búsqueda. Está aquí, y me voy a marchar de este mundo tomado de su mano. Aunque nadie podrá entenderlo, ahora estoy en paz.