101. UNA VELADA INOLVIDABLE
jose ignacio fulgencio casado | JOSETE

Conocí a Susana por medio de una conocida web de citas. Habían pasado cuatro años desde que me separé de mi mujer, que se habían vuelto cuatro años sin comerme un rosco.
Necesitaba ayuda urgente.
Lo de Susana fue casi un flechazo. Estuvimos un tiempo chateando y había llegado el momento de conocernos en persona. Decidí preparar un encuentro romántico y desenfadado a la vez, una cena para dos y después ya veríamos… Lo que surgiera.
Reservé en La Mucca, me pareció un sitio bonito y alegre. Nada podía fallar.
Susana me dejó obnubilado. Era más guapa que en las fotos. Entramos y y nos acomodaron en una mesita pequeña pero coqueta. No habíamos terminado de ver la carta cuando sentaron a otros clientes en la mesa de al lado.
—Hola Marcelo, ¡Qué casualidad! —dijo una voz de mujer que me sonó tremendamente familiar.
Por algún azar desconocido, el destino había querido que esa fatídica noche, Natalia, mi ex mujer, se sentara a cenar apenas a metro y medio de donde yo estaba intentando rehacer mi vida.
—¡Vaya, qué casualidad más tonta! —dije tragando saliva.
—He venido con mi novio —.El hombre que estaba con ella, un tipejo con cara de roedor, nos hizo una mueca como saludo—. Es piloto —añadió ella como justificación.
—Pues que os aproveche.
Piloto… ¡vaya tontería! Yo me tiré una vez en paracaídas y no voy vacilando por ahí. Intenté olvidarme de su presencia y seguir con mi plan de la cita romántica, pero la conversación que tenían mi ex y el capullo del piloto debía ser muy divertida porque no paraban de reírse. De hecho, sus risitas se quedaron de fondo continuo, invadiendo todos mis esfuerzos por tener una charla mínimamente coherente.
—¿Y cuáles son ja, ja, tus aficiones? je, je, ¿Te gusta el deporte? ji, ji, ji.
—Bueno, la verdad es que jo, jo, jo, y entonces je, je, je, y por eso fue que jua, jua juaaa, ya ves.
—Sí, claro, ji, ji, ji, ¿Te he contado que ja, ja, yo me tiré en ja, ja, jo paracaídas?
—Pero je, je, je, cuando ji, ji, ji…
Nada, que no había manera. Mientras más intentaba centrarme en la conversación con Susana, más y más fuerte se reía mi ex mujer. Además el tipo que estaba con ella debía de ser realmente gracioso, porque Natalia exhibió un auténtico repertorio de risas de todo tipo y condición como yo jamás la había oído reírse en once años de relación. Llegó un momento en que no entendía absolutamente nada de lo que Susana me decía. En mi cabeza sólo había jajás y jejés rebotando de un lado a otro como ecos en una habitación vacía.
No tomamos postre.
Espero sinceramente que algún día, Susana y yo nos riamos también de esta primera cita. Y que la frase que me dijo al despedirnos: «No se te ocurra volver a llamarme, so gilipollas», quede sólo como una anécdota curiosa al principio de una larga y feliz relación.