UNA VELADA INOLVIDABLE
Jesús Montoro Louvier | LEÓN TULL

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EL ENCUENTRO

De pie, fumando un cigarrillo, esperaba en una esquina. Precisaba de poco para ocupar aquel lugar. Una minifalda, y un corpiño incapaz de contener sus formas, componían el grueso de su vestuario. A los que se sumaban, una peluca con toques azulados y un bolsito de mano. Separándola del asfalto, unos tacones infinitos remataban su breve atuendo.

Entre calada y calada el sol se ocultó rápido tras los edificios. Mientras se reajustaba el corpiño un coche se detuvo a sus pies. La ventanilla se deslizó suavemente hasta mostrar a un hombre de mediana edad oculto por unas gafas de espejo. Sonriente la miró despacio para seguidamente largarle un billete de cien euros, al tiempo que la decía: «Veras guapa, te parecerá extraño, pero hoy es la primera vez que hago esto, y no quiero que me preguntes. Es un día especial, y solo quiero que me sorprendan con algo diferente, y tu pareces la chica indicada».

Seguidamente arrancó, y ambos se perdieron en la noche.

ÉL

Aparcó en un hostal de carretera. Durante el trayecto no hablaron. Se sentía como el adolescente que se deja arrastrar por el deseo sin importarle el después. No, no quería pensar; hoy era otra persona…

Antes de que traspasaran el umbral de la habitación, antes incluso de subirse al ascensor, él ya la había bajado el corpiño. Llevaba un par de semanas recreando aquel momento, para el que había comprado un par de botes de nata, y un dildo unisex de un tamaño, quizá, algo excesivo.

Esta noche no tenía ni mujer ni hijos. Nadie podía estropearle su noche. Sólo deseaba embadurnarla de arriba abajo y comérsela enterita…

ELLA

Estaba muy excitada y por extraño que pudiera parecer, esta situación le gustaba y mucho. Ella no era de esas que gritan y se dejan llevar, era más bien contenida y poco expresiva, pero esta vez, después de tanto tiempo, había perdido el control. Ambos avanzaban torpemente a trompicones hacia la cama. Podía sentirlo duro detrás, y quería más mucho más.…

EL DESENLACE

Casi en el clímax, empezó a sonar insistentemente el móvil de él. No esperaba ninguna llamada, ni quería atenderla. «¡A la mierda!», masculló, mientras hacía por apagar su maldito teléfono.

¿Pero…?, ¡no podía ser!, unos instantes después era otro politono el que se repetía furioso. La musiquita procedía del bolsito de ella, que vibraba sobre la alfombra de la entrada.

Tras unos segundos de duda a la chica le pudo la curiosidad y finalmente lo recogió del suelo. Al otro lado del hilo reconoció la voz carrasposa de su interlocutor. Después de un breve intercambio de preguntas y respuestas, colgó apresurada. Visiblemente nerviosa, miró a su cariacontecido y expectante amante para decirle:

—No me vas a creer, Antonio. Es tu padre… Te ha llamado varias veces. Dice que el niño ha metido la cabeza en el enrejado del balcón y que no puede sacarla. Para una velada que planeamos… Este hijo nuestro, más pronto que tarde acaba con nosotros.