Una vez y solo una
Blanca González Martínez | El Muppet

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Le había costado muchísimo arreglarse el pelo para que le quedara a la última, porque su pelo no era así y él lo sabía, pero solo tenía que impresionarla una vez se decía, una vez y solo una. Se miró al espejo de nuevo, el objeto ya aburrido de su reflejo, y sonrió. Dejó el peine exhausto a un lado. Agarró el agua de colonia, de la que le traían a su madre de la mismísima Colonia, y echó tanta que el olor se comenzaba a notar por la calle.

El coche le venía a recoger en diez minutos. Se sentó al borde de la cama y, entusiasmado por los vapores del agua alemana, comenzó a soñar despierto. Pensó en que iría a por Mercedes y la llevaría a un restaurante. Llegarían al restaurante, uno de los mejores de Madrid. Hablarían toda la noche, se cogerían de las manos, y ella le haría algún cumplido, sobre su pelo a poder ser. Luego la llevaría a pasear, porque conocía aquellas calles y sabía que el amor podía rondar por ahí a tal o tal hora. Y se besarían, seguro. Se abrazarían y empezarían a hablar de su futura vida en común, en qué iglesia casarse, qué nombre poner a sus hijos. Mario esperaba que a su madre le cayera bien Mercedes, porque de otro modo no podrían pasar los veranos todos juntos en la playa. Por un momento se preocupó, pero no importa, se dijo, porque él mediaría entre ellas. Se preguntó si a ella le gustaría el pescado frito, que era el plato favorito de él, aunque igual era mejor que no le gustara para que no debieran compartirlo. Pensó en cuando se fuera de mili, y qué harían para mantenerse en contacto. Y qué apodo se…

– ¡Mario, el coche!

Mario salió de su estupor. Efectivamente, había dejado el coche en marcha, pero ya habían llegado a la playa. Del vehículo salieron tres niños y una Mercedes de treinta y tantos años, tan estupenda como la noche de su primera cita.