384. UNA VISITA INESPERADA
Fernando Díez Umpiérrez | Fernando D. Umpiérez

Mira por el balcón y, a lo lejos, un haz de luz ilumina todo el cielo… ¿Será Jesucristo?
Ojalá que sea Jesucristo. El número de juegos de mesa que es capaz de enseñarle al gato se está reduciendo dramáticamente. Y además está cansada de perder.
Sobre el mar, divisa un objeto plateado avanzando rápidamente, lo que tiene sentido por la forma de supositorio. Tal vez debería haberlo comparado con una bala o algo así, pero es que tampoco tiene mucha idea de balística. En cambio, sabe perfectamente lo rápido que entra un supositorio con el ángulo correcto, por motivos que no vienen al caso.
—Chester Bennington, ven aquí, anda. Mira esto.
El gato atigrado levanta la cabeza como si no tuviese suficientes cosas que hacer, para que encima le estén interrumpiendo con chorradas. Por supuesto, no hace un mínimo gesto que dé a entender que el primer contacto con una civilización extraterrestre tenga, para él, una prioridad mayor que lamerse las pelotas.
—Qué mal ganar tiene este gato…
La cosa aquella se para justo delante de su balcón —vaya sorpresa— y se vuelve traslúcida con un ruidito, así como de espada láser. Lo que sale del interior del supositorio tiene toda la pinta de un ornitorrinco extrañamente fotogénico.
—Tú no te pareces mucho a Jesucristo…
—Cuac —suelta el bicho, asomando la cabecita a través de una abertura.
Chester decide encaramarse a la ventana porque él quiere, no porque se lo haya dicho aquella «loser» de las damas.
—Mira majo, si quieres que te llevemos frente a nuestros líderes, no podías elegir peor momento. No es que esté yo muy al tanto de la coyuntura sociopolítica actual, pero acabo de hacer rosquetes —dice, acariciando a Chester—. ¿Tu especie es de merendar?

El pseudoornitorrinco picotea un poco del plato que le acaba de poner delante. Otra cosa hubiese estado fuerísima de lugar.
—Entonces, ¿vienes a dominar el mundo o por placer?
—Cuac.
La relación ya se está estancando y solo acaba de empezar.
—Mira, lo primero es pensar un nombre en condiciones, porque no soporto a esos escritores perezosos que no se molestan en ponerle nombre a sus protagonistas— dijo ella.
—Cuac.
—Vale, como quieras. Te llamaré Cuac Bellamy.
En realidad, Cuac Bellamy intentaba preguntarle desesperadamente por dónde quedaba Robledo de Chavela. El problema es que los humanos éramos incapaces de distinguir las diecisiete millones de entonaciones diferentes de cuac de las que constaba su lenguaje, lo que hacía la comunicación francamente complicada. Así que se queda sin saber lo lejos que está de Robledo de Chavela.
Desde que su especie había descubierto la existencia de la Tierra pusieron a sus mejores científicos a calcular el momento evolutivo más apropiado para establecer contacto. Pero se les había olvidado llevarse una, y en el momento del aterrizaje la humanidad estaba demasiado ocupada mirándose el móvil o el ombligo, por lo que aquel acontecimiento histórico estaba pasando más bien tirando a desapercibido.
—Oye, Cuac, ¿a ti te gustan los Juegos Reunidos?