Una y otra primera vez
Francisco Feria Ayala | Fran Feria

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Llego diez minutos tarde, pero aún así no hay nadie allí. Bueno, sí, hay varios grupos de amigos, alguna que otra pareja. Las hay para elegir: de las que se miran acaramelados, quizá en su cuarta, quinta cita, o en su primer mes de noviazgo; también de las que van por su décimonovena, (tantas, que ya no se piensan como citas), o en su sexto mes saliendo, puede que un año, y miran cada uno su móvil, sin hacer mucho caso al acompañante. Las observo y analizo con desgana, a falta de algo mejor que hacer. Las veo y me veo en ellas; he sido muchas veces el acaramelado, el que mira el móvil desatento. Esta vez no. Esta es mi primera, otra primera, una de tantas.



Pasado ya el cuarto de hora, lo veo aparecer sorteando mesas de parejas con con las caras iluminadas por el brillo de sus pantallas. Me ve y me reconoce —menos mal— y esboza una pequeña sonrisa. No es tan guapo como esperaba, casi nunca lo son. Y empieza de nuevo el ritual.



Qué tal, qué haces, hay que ver cómo está el tiempo, cuánto llevas aquí, por qué te viniste, con quién te viniste, a qué te dedicas. Cada primera cita es como una entrevista de trabajo en un bucle sin fin. Vuelvo a soltar el soliloquio, aprendido a fuerza de enunciarlo una y otra vez, intentando no sonar monocorde, sin saber si llego a conseguirlo. Finge el mismo interés que suelo fingir yo, de forma bastante convincente. Entonces comienza el suyo. Misma historia de siempre: trabajos, estudios, familia. La lejanía, el estar solo, el comer mal, el mal clima. Cada primera cita es volver a la casilla de salida.



He perdido la cuenta de la cantidad de veces que he estado en esta situación, pero lo cierto es que cada vez siento una especie de calambre por la esperanza de qué podrá ser. Él sigue hablando, su voz pasa a un segundo plano en mi cabeza y comienzo a observar sus gestos. La forma en que mueve las manos, la comisura de sus labios, las sonrisas tímidas que esboza de cuando en cuando. Sus ojos color marrón. Es en el observar estos gestos donde empiezo a preguntarme si quizá es más guapo de lo que pensaba. Veo en su mirada ese inconfundible gesto de reciprocidad, imposible de emular o falsear por mucho que uno se esfuerce.



De repente algo ocurre y acaban los soliloquios, los monólogos, se caen las máscaras y lo que queda es genuina verdad. La conversación fluye y va por derroteros a los que no estoy acostumbrado. Nos hemos salido del guión que estaba escrito para nosotros esta noche, que tantas noches se ha interpretrado. Verme en terreno desconocido me abruma y me entusiasma a partes iguales. Y sigo observando sus gestos, sus labios, sus ojos. Su tímida sonrisa. Y me sorprendo yo también sonriendo, y empiezo a imaginar si quizá esta va a ser la última de las primeras veces.