569. «UNO EQUIS DOS» (THAT IS THE QUESTION)
VICTORIANO ALCALDE AZCUNE | ALBITA BREVIS

He empezado a decirle a todo el mundo que el pasado fin de semana acerté una quiniela; pleno al quince. Nunca especifico la cuantía del premio, no hace falta; unos cientos de miles, en cualquier caso. Por fin me permito rechazar las pocas –además de miserables– opciones de trabajo que tenía y dedicarme a lo que de verdad me gusta; la Literatura.
Desde que dije que había acertado la quiniela incluso mis padres me animan a escribir. Parece que ya no les preocupa que me pase tantas horas entre papeles; «si al chaval le gusta contar cuentos» les dice orgullosa mi madre a las vecinas.
La guapa camarera de la cafetería de abajo, que antes no se molestaba ni en darme los buenos días, ahora, en cuanto me ve asomar por la puerta empieza a maniobrar en la máquina de café como si le fuera la vida en ello. Total sigo pidiendo lo de siempre, un café solo, y tampoco tengo ninguna prisa.
La noticia de mi quiniela afortunada se ha extendido por la ciudad como un pedo de fabada asturiana caducada en un ascensor lleno de gente. Por supuesto, han comenzado a llamarme amigos que hacía años no veía. Nunca me piden dinero, faltaría más; se limitan a felicitarme por mi golpe de suerte y a continuación me invitan a tomar una caña, recordar viejos tiempos… Yo siempre acepto la invitación, pero luego no voy a la cita.
Cuando al día siguiente me vuelven a llamar justifico mi plantón con reuniones de última hora con mis asesores financieros, papeleos urgentes en la oficina del director del banco, ya sabes… (mis amigos siempre comprenden). A mí, que en realidad nunca me ha interesado ese «espectáculo» donde veintitantos tipos en calzoncillos y llenos de tatuajes corren detrás de un tablero de ajedrez con forma de esfera…
Por las noches, desvelado sobre mi cama vacía y gigante, imagino cuántas cosas inútiles me podría comprar con tanto dinero… Además, también pienso en las inevitables consecuencias que acarrearía mi quiniela ganadora: todo el día de banco en banco y tiro porque me toca, la pesadilla de vivir con el miedo de un posible asalto a manos de un drogadicto armado con una oxidada y desafilada navaja, o lo que sería aún peor, la amenaza constante de un derrumbe de los mercados financieros internacionales y un inminente corralito…
Con lo bien que estaba yo antes. Pobre, pobre soñador en un mundo sin sueños. Fracasado, fracasado como el más desconocido de los escritores fracasados. Solo, solo y libre de amigos, familia, lectores… Feliz, feliz como un omni- inconsciente Dios que rellenase la quiniela del Destino con los resultados de un infinito partido de fútbol jugado contra él mismo en un universo con forma de rectángulo de papel blanco. Joder, cómo escribo a veces.
En fin, que mejor tiro este cuento a la papelera de reciclaje, cierro los ojos y me vuelvo a dormir…