471. URGENCIA EN LA N-III
Cecilia Márquez González | Cecilia Márquez

Por fin subimos al coche, de vuelta a casa. Música a tope. Risas. En tres minutos estamos en la autopista, que, como siempre, está abarrotada. Y en tres segundos, totalmente de la nada y arrollando como un tsunami, noto algo que va a cambiar nuestro viaje para siempre:
– Me hago pis.
Mi amiga se ríe, pensando que no pretendo más que hacerme la graciosa.
– Me hago muchísimo pis -insisto-, no puedo aguantar.
– ¿Y no podías haber ido al baño antes de salir?
– No tenía ganas… ¡ha sido de repente! ¿Falta mucho?
– Cuarenta minutos, si tenemos suerte.
Miro a mi alrededor. La misma valla publicitaria de hace diez minutos sigue a la misma altura, no nos hemos movido ni un centímetro.
– ¿No hay un McDonald´s o algo?
– Seguro que sí, ve mirando.
Vuelve la esperanza: En este país siempre hay un McDonald´s. Pero vamos moviéndonos lentamente y nada, ni una mísera gasolinera. Entonces empieza mi suplicio: echo el asiento para atrás, cruzo las piernas hacia la izquierda, me inclino hacia delante, vuelvo a la posición inicial, canto un rato para olvidar (beber no es una opción), cruzo las piernas hacia la derecha…una lágrima quiere salir de pura contención, y otras tantas de puro orgullo: ¡no me puedo creer que me vaya a hacer pis encima!
Por fin, la atisbo a lo lejos:
-¡Una gasolinera!
El coche prácticamente derrapa al llegar a la salida. Bajo prácticamente en marcha, sigo las señales de WC…y muero.
¡Es un baño portátil!
Ahora sí, las lágrimas me resbalan por las mejillas. No puedo entrar ahí, es demasiado…pero no queda otra opción, y bajo el picaporte conteniendo la respiración.
Y entonces, como de la nada, un hombre mayor con un turbante aparece a mi lado y me mira fijamente:
– Sé lo que necesitas. -proclama con voz profunda.
Estoy totalmente desubicada y no sé qué decir.
– Sé lo que necesitas.- repite. -necesitas un baño.
-¡SÍ! -grito.
El hombre me hace un gesto para que le siga y se mete en un bazar junto a la gasolinera. Voy tras él: cada vez más profundo. Dejamos la tienda atrás y entramos en el almacén. Empiezo a pensar que tal vez no haya sido buena idea: podría matarme y nadie me oiría. Bueno, al menos moriré con la vejiga vacía.
Tras una eternidad, el hombre señala una puerta al fondo del almacén. Le miro, y él asiente. Me acerco sola a la puerta, y la cruzo esperando mi destino…

Minutos después salgo, feliz y como nueva. ¡Ah, la vida es mucho más bonita ahora! Incluso la música india del bazar me parece maravillosa. Ya que estoy, aprovecho y me compro una Coca-Cola (y así agradezco el servicio).
De vuelta en el coche, incluso el atasco es más llevadero. Pero ya ha pasado lo peor. Tras un tiempo parados, el sol poniéndose en el horizonte nos regala un precioso anochecer, cuya luz anaranjada se refleja en los techos de los coches creando mil tonalidades diferentes.
Entonces empiezo a notar una sensación conocida, y miro con horror la botella de Coca-Cola vacía en el posavasos. Sí:
-Me hago pis.