ÚRSULA
PIEDAD GUTIEREZ PEÑARANDA | PIEDI

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Cuando me dio el “sí, quiero”, un ímpetu interno aplaudió entusiasmado. Úrsula se convertía así en mi primer gran amor. En mi primera mujer. Cada día que pasaba era mejor que el anterior; más generosa, más tierna, más lasciva, más preciosa. De repente algo cambió en la idílica convivencia y las circunstancias se tiñeron desesperantes. Llegué pronto del trabajo y quise convertir aquello en una grata sorpresa. La casa estaba silente, demasiado silente. Al fondo del pasillo divisé una maraña de pelusas que al acercarme tomó significado. Era la pulcra melena ensortijada de mi envidiada mujercita. Su afición a las pelucas me era novedoso. Seguí buscando por toda la casa y encontré algo que no pude adivinar hasta la conclusión de la entelequia en que me había sumergido. Un amasijo de pieles, carnes y huesos descansaba en la bañera de nuestra habitación. Lo extendí todo y se formó el cuerpo de mi mujer como si de una serpiente se tratara. Me senté en una esquina del salón y quedé agazapado cerca de un día entero, pensativo y sin ni siquiera una ínfima respuesta. Cuando el reloj dejó escapar las tres de la madrugada, unos pasos equidistantes sonaron hasta mi presencia. Levanté la vista y el propio diablo se mostró ante mí. Poseía la forma que todos hemos descartado desde el primer momento; rojo, muy rojo, con dos protuberancias sicalípticas en la frente y la boca recargada de colmillos afilados y rijosos. Musitó palabras que antojé inconclusas con la voz de mi mujer y desapareció.

Nadie habló jamás del asunto en mi presencia, pero en este manicomio los perturbados farfullan cuando pasan a mi lado; “Ahí va el que vivió con un Súcubo”. Y el simple hecho de pensarlo, me atemoriza hasta el desmayo.