Valentina
Lluïsa Piqué Fernández | Lamira

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Cuando Valentina llegó al pub irlandés donde habían quedado, él ya estaba allí

tomando una cerveza negra. La miró de reojo con una media sonrisa socarrona y le preguntó por qué había cambiado la hora de la cita en el último momento.

─No te iba bien?, le inquirió.

Ella le dijo la verdad, puesto que era así como la habían educado y además le parecía la mar de natural contarla. Tenía que corregir unos exámenes y había prometido a los niños que aquel lunes se los entregaría.

─Estás muy comprometida con tu trabajo por lo visto, se sorprendió él.

Pero ella no entendió su asombro. ¡Claro que lo estaba! Le vino a la mente entonces lo que le había dicho años atrás el doctor Joaquín: que era demasiado responsable y perfeccionista.

El chico no abandonó en ningún momento esa media sonrisa y ella no le quitaba ojo, sin saber qué pensar. Entre trago y trago de cerveza, Valentina dejó que sus vivencias recorrieran la corta distancia entre los dos. Acabó por encontrarse cómoda respondiendo a sus preguntas. Así que le explicó cuánto le gustaba ejercer de maestra y que se entendía muy bien con los alumnos. Que le parecían puros, directos, emocionales… Creía, además, que si solo tuviera que trabajar con adultos sufriría mucho más.

─¿Por qué utilizas la palabra sufrir?, curioseó él.

─Solo es una forma de hablar, respondió Valentina dubitativa.

Recordó entonces que se había pasado cada segundo de su vida sufriendo por todo. La preocupación no la abandonaba nunca. Cuando la diagnosticaron a los dieciséis sintió que su vida se quebraba en mil trocitos de cristal.

Valentina arrancó la etiqueta de la botella de cerveza y dobló el papel en trozos cada vez más minúsculos. Por primera vez en toda la conversación, se preguntó si era normal hablar tanto de trabajo en una primera cita. Levantó la vista y se encontró con la de él, escrutándola.

Le escuchó un buen rato mientras él relataba casos de sus pacientes, sin abandonar aquella sonrisa que tanto la desconcertaba. No se imaginaba al doctor Joaquín sonriendo así. Por un momento, le pareció que aquel psicólogo se daba importancia, pero no quiso hacer demasiado caso a aquella impresión, ¡era tan atractivo e inteligente! Sin embargo, era como si la tratara como objeto de estudio.

Él se ofreció a llevarla en coche a casa. Subieron a un cuatro por cuatro pequeño y viejo. Ella prestó atención al gesto de sus labios con curiosidad. Se le acercaba cada vez más y, de pronto, se encontró uniendo sus labios a los suyos. Un pitido insistente y metálico se le clavó en el cerebro.

Abrió los ojos.

─Sujetadla. Necesita haloperidol, resonó la voz del doctor Joaquín.

Sentía frío.

Y en su corazón también.