860. VECINDAD
Patricia Fortes Nieto | Historias con sabor a GASOIL

En tiempos de pandemia no se escuchaban gritos, tampoco se escuchaban risotadas: solo se escuchaba miedo. Todos éramos mejores personas. Pero poco duró el cuento, sobre todo cuando llegó el verano. Con esta calor tienes que abrir todas las ventanas porque te cueces dentro de casa y no hay abanico que me quite los ardores; y es que, entre la menopausia y el butanero que cada día está más cachas, no me llegan los cubitos de hielo en las plantas de los pies para bajar temperaturas.
El caso es que en la ciudad hay personas que se creen que viven solas y el respeto hacia la comunidad es nulo.
En el bloque hay uno con muñones que toca el xilófono a la hora de la siesta. ¡¡UN XILÓFONO!! Y siempre la puñetera misma canción, y siempre la toca mal…
El del xilófono compite con el del Reketón a todo trapo del tercero:

¡Ven, mamita! ¡Ven, que te como ‘despasito’ la rajita!

-Mamiiiiii, ¿qué es una rajita?
-¡Anda la mierda…! ¿Ahora qué le digo yo a mi niño?
-No sé lo que es una rajita, mi amor. Ven que te pongo Caillou.
-Mamiiiiii, ¿por qué Caillou crece y sigue siendo calvo?, ¿yo voy a ser calvo? Caillou tiene un perro, ¿por qué nosotros no tenemos un perro? Mamiiiiii, Caillou tiene una hermana, ¿por qué yo no tengo un hermanito?
-Cariño, mejor vemos una peli de dinosaurios en la que se matan unos a otros.

Ayer, en la cola del súper y, con mi suegra al lado, a mi pequeño se le dio por cantar: ¡Ven, mamita… ven que te como ‘despasito’ la rajita!
Todo esto mirándome con una sonrisa, moviendo la cabeza con un ritmo alocado y la voz chillona característica de los niños pequeños.

Nota mental: cambiar de súper y no cogerle el teléfono a la abuela paterna del niño en tres semanas.

El del primero tiene un perro aullador en el patio que le hace los coros al del xilófono y al del Reketón sin aburrirse; nunca se queda afónico, ¡jamás!

El Sálvame me llega del bar de abajo a volumen ciento veintitrés, con los borrachuzos apoyados en la puerta de la entrada que berrean más alto que el perro aullador, el del Reketón y el carallo del xilófono juntos.

Aunque el premio se lo lleva la vieja del edificio de enfrente chillando a todo hombre -guapo o no guapo- que pasa por debajo de su alféizar; sobre todo a los barrenderos de las dos de la mañana que portan -y lucen- su larga y gruesa manguera verde por las calles de nuestra ciudad. ¡Qué berridos, muchacho! Igualita a una gata en celo.

Y después me encuentro con folios pegados en la puerta del ascensor hacia mi persona.

«La del primero jota que se deje de tanto chingar todas las noches que no nos deja dormir con sus asquerosos gritos».

Si, hombre, sí. Lo que tiene que aguantar una…