1497. ¡VECINO, LA MÚSICA!
Aitor Cabrera Bermúdez | Morbius

Tener que llamar la atención a un vecino no es del agrado de nadie. Aunque a veces no queda más remedio. Sobre todo, cuando te despiertan a horas intempestivas con música a todo volumen. Hay un instante en el que te engañas a ti mismo pensando “Ya pasará, no estará toda la noche”, y te vuelves a dar la vuelta en la cama. Desgraciadamente los vecinos, como los ladrones, se caracterizan por su contumacia y buen hacer en el arte de la molestia ajena. Así que te levantas, te peinas un poco, te pones la bata y sales al pasillo buscando el origen del estruendo.

Cuando por fin te hayas ante la puerta del desaprensivo te detienes un momento, tomas aire y lo sueltas lentamente, deseando que atienda a razones y que no vaya a más el desencuentro. Dudas un momento entre llamar al timbre o aporrear la puerta, y te decides finalmente por la más civilizada, una combinación de ambas, acompañada por un grito de “¡Vecino, la música!” Mientras esperas que abran la puerta tratas de recordar quién vivía en ese piso, ¿eran los estudiantes de Erasmus?, ¿la pareja con el chiquillo?, ¿el divorciado?, ¿tal vez la brasileña despampanante?

Al abrirse lentamente la puerta, entre la penumbra, ves asomarse el esmirriado rostro del galápago cobrador de pensiones que tienes por vecina. Una fugaz mirada es suficiente para darte cuenta del error cometido. Te deshaces en disculpas y halagos a su peluquera e inicias una retirada táctica, dando pasos hacia atrás, huyendo de la reprimenda. Estando a salvo en el rellano solo piensas en la cantidad de señoras que mantienen una denodada disputa con la reina de Inglaterra por alcanzar la inmortalidad.

Tras el receso reinicias la búsqueda del alborotador. En ese momento ves salir al divorciado con su perro, que te mira con incredulidad. Saludas al paseante nocturno y le preguntas por la música. No ha escuchado ninguna. Continua su camino con una sonrisa dibujada en los labios. Cosa extraña que te hace sospechar, nunca ha sido un hombre especialmente agradable, como acabo descubriendo su exmujer.

Entonces te das cuenta. Compruebas tu indumentaria. Zapatillas de estar en casa por donde asoman alegres los dedos. Legañas por lentillas. Y como no, la bata de tu madre, con la que vives pasados los treinta. La cara del divorciado cobra cruel sentido. Ya te da igual la música, huyes hacía tu casa como alma que lleva el diablo esperando que no haya más tropiezos por el camino.

Llegas a tu puerta, vas a abrir y las llaves brillan por su ausencia. Desde luego el de arriba no ayuda siempre al que madruga. La música continua. Solo queda la opción de llamar al timbre ateniéndose a las consecuencias. Madre aparece en la puerta, sin su bata y con una mirada de resignación. Extiende la mano y sin mediar palabra obra el milagro. La colleja que te da no duele tanto como el silencio producido al caerse de tus oídos los auriculares inalámbricos.