1098. VELATORIO
LEANDRO GRACIA GARCIA | CAPRICORNIO

No tienes buen aspecto, cariño. Dicen que con los años uno se va pareciendo cada vez más a su propio cadáver. En tu caso no cabe la menor duda. Has conseguido culminar la transformación. Ahora sólo te salva tu lamentable estado, tu rigidez marmórea, tu sonrisa inacabada. Esta vez tienes un motivo justificado para no prestarme la atención que merezco. Puedo recriminarte cualquier cosa, lo que quiera, y sé que callarás por prudencia. Te morirás de ganas por disentir con un movimiento pendular de tu cabeza. Fingirás que no me escuchas. Me harás creer con tu silencio que no estás ahí. Pero es inútil. Sé que puedes verme y oírme. Has estado ignorándome todos estos años. Sólo acudías a mí cuando te apremiaba el instinto. Entonces te acercabas con sigilo, olisqueándome como un animal en celo.
En nuestra convivencia he tenido que aguantar las intermitencias de tu narcolepsia insufrible. Soporté cientos de veces el peso de tu cuerpo inerte cuando te quedabas dormido sobre mí durante el ayuntamiento carnal. En el fragor de la coyunda, cuando los vaivenes se intensificaban, siempre sobrevenía alguno de tus achaques habituales, y los sucintos ajetreos del amor se transformaban en una opresión asfixiante. De repente, caías sobre mí como un árbol talado, como un elefante abatido a tiros. La situación resultaba insostenible. Jamás te lo he confesado, pero ya no me importa que lo sepas. Cuando nos disponíamos al apareamiento, sin que te percataras, yo marcaba en el teléfono de la mesilla el número de emergencias y colgaba después. Dejaba el aparato listo para acceder a él con sólo pulsar el botón de “Rellamada”. Mientras jadeabas entre convulsiones descontroladas, yo aguardaba a que te durmieras de sopetón. Entonces, con gran dificultad, pulsaba el botón en demanda de auxilio. Las emergencias acudían con su estruendo de sirenas a liberarme de ti. Ya en la habitación, una vez derribada la puerta, nos separaran con la ayuda de una grúa.
Y ahora, por si no fuera bastante, acabo de recordar que no tenemos asegurado tu óbito. Esa obsesión tuya por ahorrar llevada a extremos irracionales. Me dijiste con voz atropellada: «Para qué pagar un seguro de muertos. Sale más a cuenta comprar un coche familiar tipo ranchera para cuando llegue el momento. Que nos lleven al cementerio en el maletero, aunque tengamos que acurrucarnos dentro del ataúd. Hasta que llegue ese momento podemos ir de excursión y disfrutar de domingos soleados en el campo entre margaritas silvestres y otras flores de temporada». ¡Qué ignorancia la tuya! Te hice caso y ahora el portón trasero del coche no cierra. No sé cómo voy a ingeniármelas para llevarte a la fosa en tu último viaje.