944. VELOCIDAD DE ESCAPE
Gregorio Vega Cuesta | El Mecánico

La imagen de la Tierra se aleja cada vez más en el retrovisor de nuestro 850 sport coupé, reconvertido en vehículo espacial ―que, aunque esté mal que yo lo diga, ha quedado mucho más guapo que el Delorean del “Regreso al futuro”―. En apenas unos minutos habremos salido de la atmósfera terrestre y a partir de ese momento el planeta no será más que un recuerdo. Desde el asiento del copiloto la Toñi me mira orgullosa: le prometí poner el universo a sus pies y le estoy demostrando que, como siempre digo: «Mi palabra vale más que el colorao». Todavía no hemos decidido hacia dónde dirigirnos. Yo había pensado en el cinturón de asteroides —allí hay un montón de colonias donde elegir y podría trabajar con un primo de mi padre, que está muy bien relacionado en el sector de las lanzaderas—, pero un colega del barrio se instaló hace dos años en Ganímedes, montó un negocio de chatarra espacial y ahora está montao en el dólar. La verdad es que nos da un poco igual: el destino es lo de menos mientras permanezcamos juntos.
Debemos estar atravesando una zona de turbulencias, porque “El Halcón de Entrevías” ―lo hemos bautizado así en recuerdo del barrio― ha empezado a dar algunos tirones. Toñi se vuelve hacia mí, con esa mirada suya que consigue hacerme sudar. Frente a la adversidad de la situación, intento mantener las manos firmes en el volante.
―Supongo que habrás llenado el depósito de gasolina… ―me advierte.
Las lágrimas se me escapan antes incluso de recibir el que será su último bofetón.