VENGANZA
José Antonio Alfonso López | OLEUBA

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Me siento manipulado. Siempre diriges mis movimientos sin tener en cuenta mis emociones. Tú decides cuándo estoy fuera o dentro. Te pertenezco. Es cierto. Me compraste. Soy un preso al que aburre tu sendero porque me obvias, porque me has convertido en rutina. El camino ya no es viaje, ahora sólo te obsesiona el destino.

¡Cómo me has engañado! ¿Recuerdas cuando nos conocimos? Tu timidez me enamoró. Mirabas el estante, me observabas. Con recelo. Las mejillas delataban tu primer rubor, tu primera vez. Observabas con alerta para no ser descubierta. Esa fragilidad me conquistó. Por eso me esforcé para que me escogieras de mi pequeño universo de iguales. Tuve suerte de que mi caja no estuviera alineada con las demás. Eso te decidió.

Me guardaste en la mochila. Incógnito entre libros y cuadernos crucé el salón de casa de tus padres y llegamos al paraíso. <>, creí escucharte. Y esperé nuestro primer encuentro, affaire dicen en las novelas. Yo prefiero la palabra aventura porque contiene lo nuevo, la excitación de lo desconocido y en nuestro caso la prohibición, al menos supuesta.

¡Qué te ha ocurrido! Exclamo las palabras porque reprimes la respuesta. De sentir cómo tu piel se hinchaba he pasado a estar desconectado de tu cuerpo. Me mantienes adormecido. Me tocas con indolencia, fingiendo deseo donde hay distancia. Vivo en una funda insulsa gris descolorida. Me ocultas en el tercer cajón de la cómoda, el que chirría, casi gruñe, al abrirlo; o en la cremallera más inaccesible de tu mochila, la que se engancha con el forro.

La primera vez que sentí tus dedos intuí un viaje iniciático, soñé nuevos paisajes, sonidos diversos, hierba reverdecida, aguas limpias, olores de almizcle. Qué emocionante ese idioma nuevo transformado en un dialecto oculto.

Has cambiado. Me agarras. Me deslizas con premura entre los pliegues de tu ropa. Ya no la escoges, como hacías antes. Pugno por escapar. Tú anhelas y yo debo mostrar ímpetu. Dudas, te distraes con cualquier cosa, y vuelves a deslizarme sobre ti, como en una excursión interrumpida. Giras sobre tus pasos para volver por donde has venido. Ha sido tu decisión. No me culpes. No es mi torpeza la que me enreda en tus medias, en la goma de tus bragas. Me ahogo, sin fuerza. Tus movimientos son imprecisos, desgarbados. ¡Hazlo!, —te grito. Me enredo en tu vello. Parece un campo de limaduras de hierro que, atraídas por un imán, se desordenan en figuras geométricas. Espero. ¡Vamos!, —insisto. Me dejas caer sobre tus muslos.

Es ahora o nunca, —pienso. Me miras por primera vez. Tus ojos no me engañan. No finjas interés por mí. Deslizas un dedo por la pestaña. Nada. La aprietas con fuerza. Parálisis. Insistes y no vibro. Ahora sí te fijas en mí y me recuerdas vivo en tus latidos, los que contraen la carne con vehemencia hasta que se apaciguan las mareas. Sé que me desprecias. Me he vengado perdiendo la pila.