VERANO DE 2019
Michelle Itza Mediel Bojorge | Alemiah

4.4/5 - (54 votos)

«- Era una noche de verano, como suelen empezar casi todas las historias de amor. Ya sé que es un tópico, pero te prometo que fue así. Tengo un documento legal que lo atestigua.

Sonrió divertida, pero no dijo palabra. Siguió escuchando con interés el relato de la primera vez que se vieron en persona.

– Desde primera hora de la tarde empecé a ponerme guapa. Estaba impaciente, resplandeciente, nerviosa, expectante… no sabría definirlo… También agotada, no te voy a mentir, pero el día de nuestra primera cita no iba a permitir que las fuerzas me fallasen.

Volvió a sonreír y asintió casi imperceptiblemente.

– Creo que llegué sobre las nueve, hice el check-in y me llevaron a la habitación. No había cenado y se hacía tarde. Ya sabes que eso me pone de mal humor, aunque no recuerdo si lo hice. Pienso que no, tenía otras cosas de las que ocuparme.

Bebió agua y su mente voló durante algunos segundos a muchos años atrás, antes de continuar:

– Algunos datos se han ido perdiendo en mi memoria. Sé que contaba los minutos… porque fueron eternos, estuve dando mil paseos desde la puerta a la ventana, me tumbé un rato en la cama, volví a pasear y seguí esperando. De vez en cuando alguien entraba y me preguntaba si estaba bien. “Todo lo bien que se puede estar, gracias” contestaba. Y sin querer, me quedé dormida. Hasta que me despertaste con un resonar de tambores, ya estabas lista para venir a este mundo. ¡Por fin! Con una bata que apenas me cubría me llevaron al paritorio. No entró mucha gente, apenas tres personas. Y mientras me aferraba a una mano, a un asidero, a cuanto hubiera cerca, esa carita con la que tanto había soñado, se acercó a mí. Ya no había ningún eco en ese galope de caballos, se escuchaba perfectamente. Todo estaba en orden. No podía dejar de mirar esos ojitos de concha cerrados y esa boquita que sonreía cuando dejaba de succionar, ese pelo negro que no dejó a ninguno indiferente, esos deditos largos y arrugaditos de las manos y los pies. Me fijaba en cada detalle y quería aprenderte de memoria. Piel con piel.

Y con esa ternura que la caracterizaba le dio un beso en la nariz.

– No sé si te ayuda en estos momentos, mi peque, pero es lo que te puedo contar sobre cómo conocí al gran amor de mi vida.

Y como hacía cuando era pequeña, se acurrucó en sus brazos y le dijo:

– ¿Sabes qué? Te quiero.

– Sabes que yo te quiero más.

Ya había anochecido. Se levantaron lentamente, ayudándose una a otra, y reanudaron su danza por la playa que las había visto crecer.»