VERANO VRRDE MENTA
María José Miralles | MMIRALLES

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Desciende del taxi y evita pisar con las sandalias de esparto los charcos de la reciente tormenta de verano, que ha extendido por la ciudad una profunda fragancia de tierra húmeda. Le aletea ligeramente el corazón cuando se aproxima al restaurante, coronado por un neón luminoso y un hilo de lucecitas amarillas, como las de Navidad, que resultan anacrónicas en esa calurosa noche de finales de agosto en la que, después de interminables llamadas telefónicas y mensajes en el móvil, se ha citado con un desconocido.

Le costó decidir qué ponerse, plantada ante las puertas abiertas del armario, hasta que eligió el vestido de tirantes negro con flores bordadas en hilos de colores vivos, que contrastan con la suavidad del ligero toque rosa de su barra de labios. Ha dejado perchas desnudas sobre la cama y una montaña de ropa en el aseo antes de salir apresurada, porque se demoró demasiado y no quería llegar tarde a la cena.

Sacude la melena por detrás de los hombros y camina. El pavimento refleja sus contornos como espejo.

Al empujar la puerta de la entrada, le recibe un ligero tintineo de campanillas y el inconfundible aroma de la masa horneada y el orégano que invaden el comedor. El camarero la dirige por el entramado de mesas dispuestas en paralelo a una línea de columnas de hierro, que mantienen sobre el suelo de damero de la estancia un techo cruzado por oscuras vigas de madera.

Reconoce su sonrisa al fondo de la sala, sentado unos metros por debajo de los maceteros colgantes de helechos que parecen flotar en el aire, provocando la ilusión de un jardín invertido. Se saludan algo turbados, con apenas un roce de las mejillas, y se sientan frente a frente, reconociéndose.

La velada se desliza entre risas y miradas, en las que confirman los gestos que las fotografías intercambiadas presagiaban como en un bosquejo hecho a mano alzada, embriagados por la sensación mágica de la nueva compañía y el gusto del vino tinto en el paladar.

Una descarga eléctrica le sacude con el roce fugaz de las manos al entrechocar las copas en un brindis y, mientras los platos de la comanda se suceden sobre la mesa, no desvía la mirada de su rostro, de sus ojos verde agua, de su ancha mandíbula cubierta por una barba que empieza a adivinarse ligeramente canosa.

No llegan a los postres, les apremia el deseo de aproximarse, superando la distancia de la mesa que se interpone como enemigo entre ambos, y pagan apresuradamente, saliendo al exterior, donde se besan por fin bajo una cortina de lluvia fina, pequeños alfileres plateados cayendo sobre los adoquines, enlazados en un abrazo dulce, que transmite el calor de la piel y la avidez del deseo inequívoco de devorarse.